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Algo sobre mí

Algo sobre mí

Empleado de banca jubilado, amante de la música y la literatura, la naturaleza y las humanidades. Nacido en Guadalajara y conocedor ferviente de la provincia. Actualmente con residencia en Madrid, después de un largo peregrinar por diversas ciudades en razón a mi profesión; que ahora con ilusión trato de vivir esta nueva aventura, pues siempre he creído que la providencia nos ha dado el sueño y la esperanza como compensación a los cuidados de la vida.

13 abril 2017

TURISMO POR LA ALCARRIA -Cifuentes y Trillo-



“Amaneció en la famosa villa alcarreña, una bella y soleada mañana, con un cielo de azul profundo. Sus gentes estaban alborotadas por el acontecimiento  acaecido en la madrugada del día 29 de Junio de 1540, festividad de San Pedro. Había nacido una hermosa niña fruto del matrimonio de los ilustres personajes de aquel lugar. Los sirvientes de palacio recibieron la orden de sus señores, no solo comunicar a los cifontinos el feliz alumbramiento, sino de ofrecerles celebrar tres días de fiestas, con bailes y banquetes que dispensarían en las dependencias del castillo que mandó edificar en el siglo XIV el Infante Don Juan Manuel, escritor del libro El Conde Lucanor –cuenta la leyenda que fue allí donde lo concibió.

Nadie podía sospechar en aquellos felices momentos, que aquella preciosa criatura, hija de una de las más poderosas familias de su época, sería una de las mujeres más maltratadas del Siglo de Oro español, gobernando el rey Felipe II, por enigmática y creadora de intrigas. Investigadores de su vida, muy posteriormente, han extraído nuevas apariencias y aseveraciones que modelan la fuerte personalidad que gozó hasta su muerte a la edad de 52 años  en otra importante villa alcarreña.

El bautizo se celebró en la antigua iglesia del Salvador, en la villa de Cifuentes, con el nombre de Ana de Mendoza de la Cerda y de Silva y Álvarez de Toledo, conocida con el nombre de Princesa de Éboli”


La anterior referencia, forma parte de las anotaciones que nuestro joven viajero escribe en su agenda de viajes, como referencia de cuanto interesa conocer. Es un enamorado de Guadalajara y su provincia, que va conociendo y recorriendo con cierta frecuencia. En este viaje tenía especial interés en conocer el lugar de nacimiento del famoso personaje descrito anteriormente. Hace unos años viajó a la villa de Pastrana para conocer el lugar donde finalizó la aventura por este mundo de la referida Princesa, circunstancia que se plasmó en un escrito en este blog fechado en septiembre de 2013 titulado “Pastrana”.

Nuestro joven viajero, ingeniero de caminos, canales y puertos, en una soleada mañana a principios de otoño, había decidido visitar durante un fin de semana dos villas del corazón de la Alcarria: Cifuentes y Trillo. Esta comarca se ha definido a lo largo del tiempo por sus ríos y de sus montañas y cerros, que está enmarcada al este de la divisoria de la provincia que conforma la autovía 2 con dirección Guadalajara-Zaragoza, y el río Tajuña; y al sur por los embalses de Entrepeñas y Buendía, y por el río Tajo con sus múltiples afluentes.

A la hora octava de un viernes, luciendo un espléndido sol, el joven viajero se puso en marcha con su pequeño automóvil. Toma la A-2 desde su residencia en Madrid y se decide por la vía de comunicación más interesante, por los lugares pintorescos que atraviesa, desviándose en la localidad de Torija a la que se accede en el kilómetro 75, prosiguiendo hasta Brihuega por la CM-2011, para posteriormente encontrar la N-204 que le llevará a Cifuentes. Después para llegar a Trillo, segunda villa que desea visitar, tendrá que desviarse por la CM-2115. Ambas villas situadas entre los valles de los ríos Tajo, Tajuña y Cifuentes.

La distancia que le separa de Guadalajara es de 56 kilómetros, después 65 más hasta Cifuentes, y desde esta villa hasta Trillo 11 kilómetros.

Normalmente nuestro viajero tenía por costumbre hacer una parada para desayunar en Guadalajara en los viajes que realizaba por la provincia, pero en esta ocasión estaba muy emocionado escuchando música clásica, en Radio Clásica de Radio Nacional de España, de la que es un entusiasta oyente. Fue la magia del creador francés Héctor Berlioz con su Sinfonía Fantástica la que le hizo seguir adelante y acompañarle durante casi todo el viaje hacia su primer destino en la villa de Cifuentes.

Con el poema sinfónico de cinco movimientos que compuso aquel joven francés a sus 28 años, se identificaba nuestro viajero que tenía la misma edad y por las circunstancias similares de carácter sentimental que concurrían en los dos jóvenes. El primer movimiento “Ensueños y Pasiones” y los siguientes, reflejan los propios sentimientos del autor al conocer a la que luego sería su mujer, la actriz irlandesa Harriet Smithson. Nuestro viajero parece ser también está enamorado de una joven madrileña, de padres oriundos de la capital de Guadalajara, que conoció en uno de los ensayos musicales que realiza la orquesta de la Radio Televisión Española cada jueves durante gran parte del año en el Teatro Monumental de Madrid. Por todo ello sentía una singular admiración, de una obra en gran parte autobiográfica.

En la villa de Brihuega paró a desayunar, satisfecho del feliz viaje que hasta ese momento había tenido, pues la música le hizo sentir más liviano el viaje.

Siguió el camino, y a nuestro viajero no dejaba de sorprenderle la espectacular panorámica multicolor que se le ofrecía a su emocionada contemplación desde que se desvió en la villa de Torija para tomar la carretera que le llevaría a Cifuentes. Observaba las mieses cerealistas, los huertos y maizales; las mimbreras y sembrados de girasoles se combinaban caprichosamente tiñendo los campos con infinitas tonalidades, verdes, amarillas y ocres, salpicados con el rojo brillante de las amapolas que nacen entre los trigales, o por el azul purpúreo de las plantaciones espliego.

También serán los pinos y encinas, chopos y olmos, fresnos y sauces que acompañan el curso de los ríos y los arroyos, los que dan la pincelada cromática.

En poco tiempo estaba entrando en Cifuentes. El nombre de la villa proviene de los numerosos manantiales, como referencia a la composición de cien-fuentes, entendiéndose cien en sentido de gran cantidad los que concurren desde el cerro donde está situado el castillo hasta la fuente de la Balsa, formando el origen del río Cifuentes.



Cifuentes es una de las villas históricas más importante de la provincia. Ha sido por tradición cabecera de una de las comarcas y de los partidos judiciales más significativos de Guadalajara.

Referente a su pasado, la villa perteneció a doña Mayor Guillén de Guzmán, la amante del rey Alfonso X el Sabio, a quien se la ofreció con otras tierras próximas a título de señorío. Y en el siglo XIV pasó a pertenecer al Infante don Juan Manuel, que en 1324 puso en marcha la construcción del castillo que todavía se alza en el alto de un cerro próximo a la población de Cifuentes. El rey Felipe V le sometió a un devastador incendio por haberse situado al lado del Archiduque Carlos durante la Guerra de Sucesión, y asimismo el palacio de la familia de la Princesa de Éboli, que estaba situado en la Plaza Mayor de la población. Tragedia que se repitió un siglo después cuando los franceses marchaban de retirada, como consecuencia de las presiones a que les sometió  Juan Martín Díez “El Empecinado” en la Guerra de la Independencia. Sobre esta persona merece la pena dedicarle especial recuerdo.

Al principio de la contienda participó como jefe de una de las guerrillas legendarias contra la invasión napoleónica, derrotando sucesivamente al ejército intruso. Siendo ya capitán de artillería estuvo al mando del regimiento de húsares de Guadalajara.

Este célebre personaje llegó a ser ascendido en 1814 al grado de mariscal de campo, y se ganó el derecho a firmar como El Empecinado de forma oficial. Pero su destino se enfrentó a los odios que le tenía aquel rey felón Fernando VII, por haber sido opositor a la restauración absolutista en 1823, después del trienio liberal que duró los tres años anteriores. Como premio a cuanto hizo aquel héroe nacional propiciando la derrota del invasor Napoleón, fue perseguido con la intención despacharle al otro mundo, y después de un humillante proceso, al final fue ahorcado en la plaza Mayor de la población de Roa.

Las penalidades para Cifuentes volvieron a darse en el año 1936, al ser víctima una vez más del desastre y la desolación a consecuencia de los horrores de la Guerra Civil.

Lo primero que hizo nuestro viajero al llegar a Cifuentes, fue buscar el aposento que había reservado para pasar las dos noches del fin de semana. Y poco después salió, como buen turista, deseoso de conocer las cosas interesantes del lugar, que por referencia tenía anotado en su agenda de viajes.

Así pues, empezó a repasar cuanto tenía previsto para visitar Cifuentes:

 “Referente al arte monumental que goza la villa de Cifuentes, destaca la iglesia del Cristo Salvador, construida a finales del siglo XIII, de estilo románico, cuajada de curiosas representaciones antropomorfas, un púlpito gótico y una colección de tallas policromadas renacentistas”.



“Es interesante el inmenso edificio renacentista del Convento de Santo Domingo. Destacando la iglesia de una sola nave, el claustro y otras dependencias dedicadas actualmente a centro cultural. Y la capilla gótica que sirvió en tiempos pasados como templo del Hospital del Remedio”.

“Asimismo conviene ver el edificio del  convento de Madres Capuchinas de Nuestra Señora de Belén, fundado a principios del siglo XVI, en cuya fachada aparecen talladas las armas heráldicas de uno de los condes de Cifuentes, protector del monumento”.

“Y detenerse a contemplar el remanso de las aguas nacidas por múltiples salidas de la roca formando el río Cifuentes, que va a desembocar al tajo en la villa de Trillo, y en su corto camino va de cascada en cascada sobre rocas más o menos altas”.

“También existen otros bellos lugares que se pueden ver al recorrer sus estrechas calles; con su plaza Mayor, donde estuvo situado el palacio de la familia de la Princesa de Éboli, desaparecido totalmente por la devastación francesa en la referida Guerra de la Independencia. La antigua casa-sinagoga. El palacio de los Gallos y la ermita de la Soledad”.

“El castillo con su silueta de varias torres situado en el cerro dominando la villa de Cifuentes, construido en el siglo XIV por el infante don Juan Manuel, bastante bien conservado”.

Este último monumento nuestro viajero lo dejó para visitar por la tarde, después de haber almorzado un buen plato de cordero asado, ensalada y bizcochos borrachos de la zona.

Al atardecer, paseando por las calles de la población, se deleitaba observando  la balsa de aguas cristalinas donde nace el río que lleva el nombre de la villa; y viendo cerca una persona de avanzada edad sentado en un banco, con su bastón al lado, como meditando, soñando o quien sabe a dónde le llevaban sus pensamientos, quizás pensando si el gobierno le subiría algo más su pensión. Nuestro viajero se le acerco y preguntó si había conocido a la persona de don Camilo José Cela, célebre escritor que había pasado por allí en el año 1946 y  posteriormente escribiera el libro Viaje a la Alcarria. Aquel hombre, con su boina, de tez morena curtida por el paso de sus muchos años,  podría tener los 90; con cierto aire de asombro por la pregunta improvisada de aquél desconocido joven le contestó: “16 años tenía yo cuando estuvo en mi casa, pues resultó ser amigo de mi padre, y aunque estuvo poco tiempo con nosotros, mi padre  y yo mismo le acompañamos para que conociera el pueblo. Mi padre le ofreció comer con nosotros y hasta le facilitó lugar donde dormir hasta la mañana siguiente que marcho a Trillo. Me pareció una persona importante con muchos conocimientos, y tiempos después aún tuvimos buena amistad, y además creo recordar que en su famoso libro algo puso de mi padre”.


Nuestro viajero estaba emocionado por haber coincidido con aquel buen hombre que tanta información le facilito para incrementar las anotaciones de sus viajes, pues en mente tenía escribir un libro como resumen de todos sus viajes.

Bajo la luz tenue del amanecer del sábado, segundo día de estancia por la comarca alcarreña, se asomó al balcón de la habitación donde estaba hospedado para ver el día que le esperaba. La mañana estaba fresca. Pero con un cielo limpio de nubes. Hilachas de bruma se hallaban tendidas sobre las alturas de las montañas más lejanas. Los rayos de sol ya se apreciaban tenuemente, y la villa empezaba a brillar en los albores de un nuevo día, en contraste con los bosques de encinas y pinos que cubrían las vertientes.

Podía bajar a desayunar a las ocho, y ya se oía movimiento de otros clientes de la pensión, pues el día invitaba a no perder el tiempo, por lo que nuestro viajero al poco tiempo estaba en el comedor, para después salir por la carretera que le llevaría a Trillo, dejando el río a la derecha y el castillo de don Juan Manuel a la izquierda.

A poco de salir de Cifuentes ya pudo ver en el horizonte los dos enormes cerros gemelos llamados Tetas de Viana, declarado monumento natural, original regalo de la naturaleza  a la comarca alcarreña.


Tardo unos quince minutos en recorrer los once kilómetros de distancia que había hasta Trillo, y pronto se encontraba cerca de las serenas aguas del río Tajo, cuyo curso abraza la bonita villa.

En la entrada decidió aparcar el coche y aunque hacía algo de fresco el paseo resultaba agradable y pronto empezaría el sol a calentar, sobrando la ropa que ahora llevaba. Recordaba que por allí también había pasado el referido premio Nobel, y según tenía anotado en su agenda para este viaje, aquel histórico viajero ya había admirado la cascada de unos veinte metros que llaman Cola de Caballo, formada por el río Cifuentes antes de desembocar en el Tajo.


De su patrimonio artístico puede admirarse el singular puente sobre el río a la entrada de la población. Es seña de identidad y crisol de historias que acaecieron en Trillo a través de los tiempos. De origen romano aunque su configuración actual data del siglo XVI. Desde el puente observa pensativo correr las serenas aguas del río, y algunos pescadores esperan capturar alguna trucha.

Nuestro joven viajero tenía anotado en su agenda visitar la Iglesia Parroquial, Casa de los Molinos,el edificio más antiguo de Trillo, que es citado en documentos medievales; y en sus cercanías, a dos kilómetros aguas arriba del Tajo, el Real Balneario de Carlos III, inaugurado en 1778, reconstruido hace pocos años para su actividad de balneario, cuyas aguas ya eran conocidas en tiempos de los romanos. Traba amistad con algunos trillanos, como así les llaman a los habitantes de la villa, gente amable y con deseos de charlar con los visitantes, pues al ser lugar de turismo gusta de recibir a personas de otros lugares, y hasta de acompañarles en la visita por el pueblo.



Le recomendaron y hasta un buen hombre le acompañó hasta la entrada del  museo etnológico, ubicado en el centro cultural San Blas, que tiene por objetivo conservar, documentar y difundir la cultura popular del lugar. Un centro singular que sorprendió a nuestro viajero, tomando buena nota de cuanto iba observando.

También comentaron los vecinos con quien mantuvo conversación, sobre los acontecimientos festivos que tienen lugar en la villa, resaltando el más llamativo conocido como “Vacas por el Tajo”. Se trata de suelta de toros que van por el río y ver la mocedad del pueblo trastear con las reses bravas por el agua en una zona acotada bajo el puente de la villa


A nuestro viajero no le dejó indiferente la bonita villa de Trillo, especialmente por su entorno natural y cuanto estaba viendo en la población y quedó encantado con sus gentes, por su amabilidad y agrado. Al final de la mañana se informó de algún lugar donde saciar su buen apetito, había varios pero al final se decidió por uno que estaba cerca de la cascada que formaba el río Cifuentes, por el espectáculo tan lindo que se podía apreciar, con el bravío descenso del agua y observar la vaporosa espuma que se forma al final,  y  después conformar un apacible trascurrir hasta desembocar en el Tajo.


Por la tarde decidió hacer un recorrido hasta le ermita de Montealejo, distante unos diez kilómetros, en dirección a la lejana presa del pantano de Entrepeñas, donde la intensidad del paisaje impresiona a todo amante de las maravillas que ofrece la Naturaleza. Y al regreso se acercó a la Central Nuclear, una de las más importantes de España, para apreciar las impresionantes instalaciones que la ciencia humana ha creado para producción de energía eléctrica; que si bien ha supuesto importante auge en la economía de la villa de Trillo, rompe con la armonía de las bellezas naturales que por aquella comarca se distinguen.


Nuestro viajero regresó a Cifuentes, para pernoctar y salir hacia Madrid al día siguiente, pero por otra carretera, atravesando también pintorescos paisajes, camino del pantano de Entrepeñas, que lo iría bordeando después de pasar por los pueblos de Gárgoles de Arriba y de Abajo, y llegar hasta Durón, atravesar el viaducto que conduce a la margen izquierda del pantano, y después por Sacedón hasta adentrarse en la provincia madrileña. Pensaba que la finalidad de su viaje por el corazón de La Alcarria había cumplido con sus expectativas.

No olvidó comprar varios frascos de la famosa rica miel de La Alcarria: de romero, espliego y de mil flores, para regalar a familiares y amigos.

La vivacidad de su sentido por apreciar las cosas bellas creadas por el ser humano, y las que le brindaba la naturaleza, en sus diversas formas, le producía sensaciones de enorme satisfacción y sosiego. Era consciente de que si los años de la niñez son vividos lentamente, ahora en la plenitud de su juventud la vida se desarrolla cada vez más de prisa y se precipita con el paso de los años, por lo que deseaba aprovechar intensamente todo el tiempo que le brindaba la Providencia, que la percibía con gozo y agradecimiento, realizando viajes conociendo la pluralidad de las personas en los diverso lugares que iba visitando por España.

Eugenio

Abril de 2017



   

26 enero 2017

EL CONTADOR DE ESTRELLAS



                       


                                                                      A mis nietos Alejandro e Irina   
Había amanecido otro día con un limpio y purísimo cielo azul  en el valle, de los varios que se sucedían en un recién estrenado otoño. El sol calentaba con  tanta intensidad que todo el mundo seguía llevando los atuendos del verano. Las gentes y, especialmente los menores, se acercaban al cercano riachuelo para aplacar los ardores del astro rey.
Don Feliciano, el único profesor que había para dirigir el colegio de aquella villa del nordeste de la provincia de Guadalajara, había decidido sacar a sus colegiales, una veintena de niños de diversas edades que sumaba el censo de aquella localidad, a un prado cercano desde el que pretendía realizar la clase en aquella bonita mañana, cosa que hacía con frecuencia cuando la climatología lo permitía con la idea de acercarlos a la Naturaleza.
Aquel buen hombre, veterano en su profesión, había dedicado su vida a la causa educadora a lo largo de diversos pueblos de la comarca. Trataba de encauzar con mucho ardor educativo, a los niños que enseñaba, para guiarlos por caminos fecundos y que tuvieran un desarrollo feliz en su vida.
Hermanado con la naturaleza en aquellos momentos que el buen tiempo le brindaba, le gusta hablarles de las cosas buenas de la vida, y de los orígenes de aquel pueblo. Les invitaba a valorar las maravillas de los floridos campos  y de los bosques de pinos que circundaban las casas como si quisieran abrazarlas; las tierras sembradas de cereales,  los montes no muy lejanos de la villa, donde florecían las plantas olorosas de romero y tomillo, principalmente, y los lugareños tenían instaladas colmenas para que las abejas produjeran la famosa miel de la Alcarria.
También les inculcaba determinados valores para su riqueza interior y que gozasen de buenos sentimientos; del respeto a los mayores  y especialmente a sus padres de los que debían ser muy obedientes. Destacaba la importancia de ser buenos estudiosos en las diversas materias que el profesor impartía. Con frecuencia les decía que las lecciones que ahora les daba, serían los cimientos de su futuro.
A media mañana, a modo de recreo, como de costumbre, celebraban un encuentro de futbol, donde todos participaban compitiendo en una liguilla que el profesor había formado, y donde además ejercía de árbitro.
Don Feliciano venía observando que había un muchacho de ocho años al que, con cierta  frecuencia, se distraía cuando impartía clase en el local que el Ayuntamiento les tenía destinado como colegio. Pero se le veía más contento cuando salían al exterior como en esta ocasión ocurría. Estaba feliz observando el cielo y la naturaleza de los alrededores de la villa.
Se lo había comunicado a sus padres para conocer las causas de su frecuente distracción, pues le consideraba un niño espabilado y obediente en cuantas indicaciones le ordenaba el profesor; él estimaba que podía mejorar las notas que obtenía, ya que tenía capacidades por encima de la media de los demás niños de la clase.
Los padres de Tino comentaron al profesor: “Don Feliciano, su comportamiento en casa se puede decir que es de un niño normal, bueno y cariñoso, pero le observamos que tiene cierta obsesión con el cielo, las estrellas, la luna y los planetas. Muchas noches le vemos asomado a la ventana de su habitación, extendiendo la mano al infinito firmamento preñado de estrellas, como si quisiera señalar algunos de sus múltiples puntos luminosos. En ocasión de los ciclos de luna llena, cuando ésta ofrece su mayor esplendor plateado, nos llama para que veamos tan bonito espectáculo. Queda ensimismado por tanta belleza”
“También nos comentaba que, en las horas de dormir, sus sueños están relacionados con las estrellas; que en otros sueños se veía volando sobre un gran pájaro que extendía sus enormes alas hacia una brillante estrella en el firmamento, despertando con sobresalto al caerse de la cama por tan enorme emoción”
Don Feliciano quedo pensativo por cuanto oía de los progenitores de su alumno, llegando a comprender que aquel niño empezaba a interesarse por cosas que para los demás alumnos pasaban inadvertidas. También empezó a comprender por qué en el colegio le llamaban el “contador de estrellas”  y  los  sueños fantásticos que contaba a sus amigos más íntimos relacionados con el firmamento.
A los padres les tranquilizó, prometiéndoles que él se ocuparía de atenderle de forma especial en sus peculiares ilusiones, pues no había que olvidar que generalmente a esas edades casi todos los niños tienen sueños que quieren realizar, por imitación  del mundo de los mayores. Y venía a recordar que en una ocasión, cuando a toda la clase preguntó sobre qué deseaban ser en el futuro, Tino dijo que quería ser astronauta para estar cerca del firmamento, y conocer si había otros niños con quienes jugar. No me extrañó demasiado, considerando las respuestas de los demás alumnos con resultados de lo más curioso que se pueda imaginar.
Algún tiempo después, aquel buen profesor había obtenido autorización para organizar una excursión al Centro de Seguimiento Espacial de la Nasa en Robledo de Chavela, en la provincia de Madrid, con la aprobación de las familias y enorme entusiasmo de todo el colegio, pero especialmente de Tino que recibió la noticia con enorme gozo.
Llegó el día maravilloso que todos esperaban con gran ilusión y quedaron asombrados por cuanto vieron. Reportajes sobre la llegada del hombre a la luna; documentos fotográficos de los diversos despegues de cohetes enviados para desentrañar los misterios del universo; estudios del comportamiento del ser humano en el espacio, con imágenes de las maravillas que desde allí se contemplaban, y el instrumental necesario para llegar a tan enormes distancias. Todo un resumen de información que les llenó de emocionado entusiasmo.
Pero como todo tiene su fin, se preparaban para marchar, cuando advirtieron que un asiento del autobús estaba vacío; se trataba del que debería ocupar Tino. Todos se preguntaron ¿Dónde estará este muchacho, seguro que contando las estrellas que se ven en los reportajes, o aún está asombrado por los despegues de aquellos enormes cohetes disparados al espacio?  Dejaros de tontadas y decirme: ¿Pero es que no le habéis visto?  Preguntó el profesor. Uno de los colegiales dijo: La última vez que le vi estaba observando detenidamente un traje de astronauta. Pues todos a buscarle. Contestó el profesor.
Pero se encontraron con que habían cerrado las puertas para las visitas, por lo que no podían entrar ¡Qué sofoco, qué angustia, qué contrariedad! Estaban asustados y buscaron al guardia de seguridad para que les abriera el Centro para visitantes y pudieran buscar al dichoso niño.
Así lo hizo con cierto desagrado el vigilante, y después de mucho buscar por todos los rincones, a lo lejos, en un lugar donde había un traje de astronauta donde la gente se podía meter dentro y hacerse fotografías asomando la cara por el hueco del casco simulando se tratase de un verdadero astronauta, allí estaba Tino. Todo tranquilo y sin inmutarse, les dijo que esperaba el momento de que le llevaran hacia algún cohete que saliera para el firmamento, mejor aún si era con destino a la luna, o  al planeta Marte que estaba más lejos y al que deseaban  llegar todos los astronautas.
Todos los niños rieron la broma menos el guardia de seguridad y Don Feliciano, que abochornado por el hecho, se disculpó como pudo y amonestó a su alumno.
Al anochecer de aquel hermoso día llegaron a la villa alcarreña, todos contentos por cuanto habían visto. El cielo estaba limpio de nubes por lo que se veía la gran belleza del firmamento y la luna brillante como una bola de plata resplandeciente. Todos sintieron la curiosidad y la admiración de aquel espectáculo, emulando  lo que hacía Tino desde su asiento.  Desde entonces empezaron a admirar la belleza de cuanto se exponía a la contemplación humana de tan magna creación, y Don Feliciano estaba orgulloso de que así fuera gracias a la originalidad de aquel especial  alumno.
Años después, a aquel niño que soñaba con las cosas del cielo y la naturaleza, sus padres lo llevaron a estudiar el bachillerato al instituto de Sigüenza; y posteriormente le facilitaron cursar la carrera de Ingeniería Aeroespacial, en la Escuela de Ingeniería Aeronáutica y del Espacio, de la Universidad Politécnica de Madrid.
Terminada la carrera brillantemente, pasó a formar parte del equipo que formaban en el Centro de Seguimiento Espacial de la Nasa en aquel bonito e interesante lugar que había visitado con su colegio hacía mucho tiempo.
Muchos años después, un buen día, quedaron sorprendidos en el colegio de la villa alcarreña en la que se desarrolla nuestra historia, al recibir un enorme y extraño bulto. Muy inquietos, alumnos y profesor, esperaban conocer lo que había en su interior. Quedaron asombrados al ver que se trataba de un magnífico telescopio. En la base de aquel  extraño y complejo aparato, había una placa con la siguiente reseña: “Telescopio  Don Feliciano, regalo de Faustino antiguo alumno del colegio”
Lo hacía en recuerdo de aquel buen profesor que tiempo atrás había fallecido.
Eugenio 2017