Fue hace cinco años,
cuando el cuerpo cansado de vivir, tocó tierra firme, y su alma alada desprendida se elevò hacia la
eternidad de nuestro inolvidable amigo José Muñoz Blanco, y ahora en el quinto
aniversario deseo evocar el espíritu al pasado y a la memoria de las cosas que
nos deleitó con sus vivencias, y resaltando haber tenido por amigo a una
excelente persona, y que por virtud tenía, gozar de fino humor y buen talento
literario.
Nos conocimos por razones
profesionales en una villa de la provincia de Guadalajara, y así continuamos,
no obstante los diversos caminos que recorrimos en nuestra aventura
profesional, cada uno por diversos horizontes, pero conectados por la sincera
amistad y aprecio mutuo que ambos profesamos durante más de medio siglo, hasta
el fatal desenlace.
Pues así como la Divina
Providencia nos da la vida, humano es perderla, aunque por injusta la tomemos;
que cuesta recordar nuestra caducidad, ya que la naturaleza a nadie nos ha
prometido eximirnos de sus derechos inexorables, y en el caso de nuestro amigo,
nos fue arrebatado cuando menos lo esperábamos. Pero no podemos olvidar que en cualquier momento
todos caminamos hacia un mismo lugar.
Y en este aniversario, con
ferviente ilusión, y no menos nostalgia, en su honor y gloria, quiero
recordarle publicando en mi blog uno de sus muchos escritos, donde contaba
historias y vivencias acaecidas a lo largo de su vida, que plasmó en diversos
tomos, dieciséis en total, en los que resaltaba su ingenio literario, que con cierta
frecuencia vuelvo a repasar. Y como agradecimiento, también, porque siempre me los
dedicaba en primicia.
Espero agrade a quienes lo
lean y al tiempo recuerden que existió una persona amante de su familia y de
sus amigos, que dejo una importante huella en los que le conocimos.
Eugenio
Abril 2026
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EL PANTANO
Aquel pueblo, Poyos,
situado en la comarca de La Alcarria Baja de la provincia de Guadalajara,
estaba condenado a desaparecer. Las aguas del Guadiela, engrosada por las del
Tajo, invadirían en breve aquellas hondonadas, barrancos más bien, que cortaban
las esteparias tierras de aquellas “alcarrias”. Sus días, pues, estaban
contados.
Sus moradores, escasamente
doce familias, en nuevos asentamientos muy a su pesar, habían asumido el
forzado abandono de todo cuanto les había vinculado –tierra, familia, amistad y
ello generación tras generación- al pueblo que dejaría de serlo en breve y a
todo lo que les aferraba a aquel terruño, enseres, ganado, tierras. Pero no
podían olvidarse que, aunque sus casas, de adobe en su mayor parte, y sus
propiedades en tierras escasamente productivas y de reducida extensión en su
mayoría, era lo que habían tenido y, mal que bien, cuanto había constituido
hasta entonces su medio de vida.
Y aunque ciertamente lo
lamentaban, era obra necesaria según les habían dicho, y en todo caso,
obligados a admitirlo como venido “de arriba”, Así que ¡”chitón”! Y como
siempre ocurriera allí y en todas partes –en España siempre ha sido así-, “lo
que ustedes manden”.
Fueron días de mucho
ajetreo, ocupándose chicos y grandes –más bien solo viejos porque la gente moza
se había ido a buscando otros lugares y otros medios- en el traslado de enseres
necesarios y menos necesarios, por aquello de que se “les tenía querencia”.
¡Lástima no poder hacer otro tanto con las casas, aquella en las que habían
nacido, el abuelo, el padre, el hijo y hasta el último nieto en algún caso! Más
ello no era posible y bien que lo sentían.
Pero más doloroso si cabe,
el verse obligados a dejar allí, para siempre, sin remedio, los seres queridos
que reposaban en aquel diminuto camposanto pegado a la iglesia ¿Cuántas generaciones?,
¿cuatro, cinco? ¡Quién sabe! Como remedio único remedio, llevarse las cruces de
su tumba, recuerdos de tantas visitas, al tiempo que, como despedida, arrojaban
las últimas flores sobre aquellas lápidas que no volverían a ver.
Estamos en la década de
los años cuarenta, y conforme al Plan Hidrográfico en vigor, a los habitantes
de Poyos, anejo o pedanía del pueblo de
Buendía. Se les había dado un ultimátum para que en el plazo de diez días, sin
más demora, retiren del pueblo, de lo que dejará de ser su pueblo, cuanto
pudieran considerar de su interés.
Un destacamento de la
Guardia Civil, incluso, se ocupa de que aquello se cumpla a “rajatabla”,
órdenes que los lugareños, obedientes ellos, siguen al pie de la letra. ¡No ha
habido problemas!
Y cuando el destacamento
de la Guardia Civil se retira con la certeza de que allí ya no hay nada que
hacer –las casas vacías, sus moradores fuera de peligro y los ganados puestos a
buen recaudo- se da vía libre para que
las aguas del Guadiela, junto con las del Tajo comiencen a invadir, a anegar
aquellos vados.
Y conforme a lo previsto,
las aguas comienzan a precipitarse, llenando, poco a poco, aquellas hondonadas.
Y como hecho consumado, ya
nadie piensa, acordarse si, en el pueblo que empieza a dejar de serlo, ¡fuera
lamentaciones!
Más, mira por dónde, que
no es éste el pensamiento de alguien, que ausente del pueblo durante un poco
tiempo por causa que no viene al caso, no ha estado allí cuando se impartieron
las instrucciones de desalojo. De las que se llega a enterar cuando se le
impide acercarse a Poyos, como era su propósito.
Se trata del huérfano de
padre y madre desde muy niño. Que volviera al pueblo a los catorce años, cuando
cansado del trato recibido, dejara el Asilo que había sido su casa y busca el
amparo de sus paisanos, ayudando en hacer lo que sabe y puede, a unos y a otros,
viviendo de la cridad y, sobre todo, del cobijo que le brinda el señor cura de
Buendía, que le da como morada la propia iglesia, a cambio de que se ocupe de
su conservación y limpieza, quien dirige el rezo del rosario todos los días y
quien tiene todo preparado para los domingos, cuando se acerque el sacerdote de
turno, todo esté listo para la misa de precepto; y al que en función de ésta su labor
principal, se le conoce como el “Sacristán” y quien por su bondad innata y
solicitud constante se ha hecho acreedor al cariño de todos.
Y como agradecido que es,
sabe corresponder con largueza a quienes les ayudan y, a los que no les ayudan
también.
Tal es el caso del pobre
que todos los años, por aquellas fechas, viene cayendo por aquel pueblo. Un
menesteroso al que nuestro buen sacristán ha brindado su ayuda y socorro,
comenzando por, a espaldas del cura de Buendía, permitirle que encuentre techo
en aquella iglesia, habilitándole incluso aposento en el “trascoro” junto al
viejo armónium, ya inservible.
Es caridad que se ha
permitido por su cuenta, en la certeza de que si llegara a conocimiento del
señor cura, no lo desaprobaría ¡seguro! Pero la realidad es que, ni el cura ni
nadie del pueblo, conocen las llegadas nocturnas del pobre mendigo.
No le ha facilitado llave
alguna, pero el huésped ya sabe por dónde colarse llegado el caso.
Más ahora, de pronto, el
sacristán cae en la cuenta. ¿Se habrá enterado su amigo de lo que va a ocurrir
con el pueblo?
¿Estará, por desgracia, en
esos momentos por aquellos parajes, yendo a pernoctar a la iglesia?
¿Por ventura, lo habrán
localizado y avisado?
No quiere preguntar a
nadie para no delatarse, pero aquello no puede quedar así. Por mucho peligro
que pueda correr, él no puede permitir que aquel pobre vagabundo perezca entre
las aguas del nuevo pantano. No está tranquilo.
¿De verdad habrán
comprobado que, al igual que han hecho casa por casa, en la iglesia no había
nadie?
¿No le habrá sorprendido
la llegada del agua y se verá incapaz de salir de allí por sus propios medios?
¡Algo tiene que hacer! Y
lo hace.
Es de noche.
Aprovechándose de la oscuridad, se echa cerro abajo, camino de Poyos, por senda
que se tiene conocida de sobra. ¡Lo ha andado y desandado tantas veces,
acompañando al señor cura, sobre todo en los inviernos! No llega a una legua la
distancia y en menos de una hora se planta sin que nadie se entere de su
ausencia.
El agua, ¡gracias a Dios!
aunque ya ha cubierto buena parte de la calle no ha llegado todavía al nivel
de la iglesia. Está al llegar, eso sí,
pero por mucha prisa que se dé en anegar todo aquello –piensa él- seguro que
tiene tiempo de entrar allí y salir con su protegido. En cualquier caso, ha de
intentarlo, sea como sea. No puede consentir que, quizás dormido, tal vez
enfermo, se vea sorprendido por las aguas, que ponto cubrirán aquella hondonada
y con ella al pueblo y a la iglesia.
Entrará en el templo,
subirá al coro, le despertará y, juntos, deprisa, deprisa, tratarán cuanto
antes de encontrarse a salvo, fuera de la zona de peligro.
Quizás tenga que ayudarle
a bajar, porque, ahora que recuerda, la última vez que le prestó ayuda, aquel
hombre no se encontraba bien, “de los remos” según le dijo.
En fin ¡no había que
perder más tiempo!
¡Vaya! Con las prisas y
con tantas cautelas se ha olvidado de tomar las llaves de la iglesia. Pues es
lo mismo. Él sabe por dónde y cómo entrar, al igual que le tenía aleccionado al
otro, y apoyándose en los desconchones que tiene la fachada, en un periquete
salta por la ventana y cae dentro del recinto. Es de noche, pero la linterna de
petaca le ayuda lo suficiente.
Le falta tiempo para echar
una rápida ojeada en la planta baja. Allí no está.
Da una voz y otra y otra
más; no obtiene respuesta.
En un “santiamén” se
coloca en el piso superior, en el pequeño coro. Busca y busca; tampoco; ni
detrás del armónium, donde sí ve que se encuentra el jergón de paja que él
mismo le facilitó, que cree encontrar un tanto desordenado. Es prueba, se dice
para sí, de que ha estado allí y que no debe de andar lejos. Quizás en la
torre, tal vez en el campanario.
Es subida que, lógicamente
se conoce al dedillo, y la luna le permite cerciorarse de que tampoco se
encuentra en aquel lugar.
¡Bueno! Ahora respira
profundamente, pues eso es señal de que no ha venido y por lo tanto no corre
peligro. ¡Menos mal!
Y es tanta la alegría que
siente, que se ve feliz y satisfecho. “Ha corrido un peligro innecesario, pero
ha merecido la pena”.
Y así, feliz y contento,
comienza a bajar la escalera de la torre y al llegar al coro, vuelve a mirar
por si acaso. ¡Nada! Decididamente puede irse tranquilo.
Más cuando llega a la nave
de la iglesia siente que el agua ha cubierto el piso en su totalidad. Cae en la
cuenta, entonces, de que no lleva con qué abrir la puerta para salir al
exterior y sin más remedio ha de alcanzar la ventana por la que momentos antes
se dejara caer. Pero se percata de que por dentro no es tan fácil encaramarse,
ya que la pared lisa no permite la maniobra de subirse a ella con la misma
facilidad que lo hiciera por fuera.
“Cogerá un banco para
auparse”. Sí, claro, pero ¿qué banco, si todo el mobiliario se lo han llevado a
la iglesia de Buendía?
Y a todo esto, él nota
como el agua va subiendo; que lo que antes, al llegar, aquello parecía más bien
un charco, ahora cubre todo el suelo por lo menos, con altura de un palmo.
No quiere ponerse
nervioso, no perder los nervios –se dice- ¡Alguna solución habrá! Y en busca de
ella vuelve a subir al coro.
Tal vez si, pudiera bajar
el viejo armónium. No tiene que pesar mucho dado su reducido tamaño y, ¡para lo
que ha de servir de aquí en adelante! Pero se equivoca. Aquel “trasto” pesa lo
suyo y no hay quien lo mueva; él solo, al menos, no puede moverlo.
Intentará de nuevo auparse
en la ventana ¡como sea! Y con tal propósito echa en dirección a la planta baja
en la que ¡Santo Dios! El agua alcanza ya una altura de por lo menos medio
metro. Ahora sí que, si lo que pretendía era tomar carrerilla y dar un salto,
ya no es posible.
A todo esto, el tiempo va
pasando y el agua subiendo de nivel. Sin duda, han debido abrir compuertas
arriba, por Trillo quizás, Entrepeñas seguro, ¡quién sabe! Ve que la cosa va en serio.
No puede quedarse en la
planta baja y no ve otra solución que volver al coro.
Con la caminata por llegar
y las sucesivas subidas y bajas al coro y a la torre, más los intentos por encaramarse a la ventana
para salir, lo cierto es que se encuentra “rendido”. Así que se deja caer sobre
el suelo tratando de descansar un poco, en tanto quiere adivinar a qué altura
del pequeño retablo y de los altares llegará ya el agua, algo que no puede ver
toda vez que se le ha mojado la pila de la linterna y ésta no funciona.
Quiere serenarse y por
unos instantes lo consigue, pensando que, por lo menos, su amigo, el pobre
mendigo, no ha corrido el peligro que él temiera.
Mas el consuelo que le
produce aquella satisfacción dura poco.
¡He calculado mal, muy
mal! –se recrimina al comprobar que el agua sigue subiendo de nivel a pasos
agigantados- O él lleva allí más tiempo de lo que piensa o el agua va llegando
con más fuerza y cantidad; o tal vez Poyos
y su iglesia se encontraban en zona más honda de lo que él pensaba; o
todo ello al mismo tiempo, porque el agua está llegando ya a la altura del
coro.
Si hasta entonces no tenía
conciencia de ello, ahora si se percata de su situación; ¡salvo un milagro del
cielo, no tiene escapatoria!
Y pidiendo el milagro, se
lanza escaleras arriba con dirección al campanario.
Amanece. Ya no es la luna
la que da luz a la noche, pues llega el nuevo día. Y desde los cuatro ventanucos
de la torre, observa con espanto cómo las casuchas de aquel pueblo solo se
distinguen sus tejados ¡y no todos! Es más, de la iglesia, lo único que queda
visible sobre las aguas de aquel lago, es la torre en la que se encuentra.
¡Bueno!, la torre, él y la campana.
¡La campana!
¡Por ahí le vendrá el
milagro! Y como un desesperado, comienza a repicar con la misma fuerza. Con el
mismo ímpetu con que lo hiciera tantas veces anunciando la hora del Ángelus o
llamando a Misa, o avisando de alguna catástrofe, de fuego ¡Más de una vez
–pensó- he tocado a rebato! ¿Por qué no ahora?
¡Y tocó! ¡Tocó con toda su
alma, al tiempo que no dejaba de rezar, pidiendo un milagro! Mas en aquellos
parajes, en aquellas alcarria, cuyas hondonadas y barrancos se iban llenando de
gua, poca gente había. ¡Nadie!, que pudiera escuchar aquella campana.
Hubo un momento, sí, en el
que dejó de tocar. Allá en lo alto, cuesta arriba, en la vereda que venía de
Buendía, quiso divisa a su amigo el mendigo, que entonces y no antes, ignorante
de cuanto estaba aconteciendo, se acercaba como todos los años por aquellas
fechas a buscar el cobijo que tantas veces él le brindara.
¿Sería que habría oído los
toques de la campana? Quiso adivinar, quiso ver, como aquel mendigo -¿de
verdad, sería él?- levantando los brazos haciéndole señas y luego vio como
intentaba alejarse, corriendo, tropezando, con dirección contraria a la que
trajese. ¡Va por ayuda! pensó.
Y cuando dejó de
divisarlo, dudando ya de que aquella visión fuera cierta, comenzó de nuevo a
repicar con todas sus fuerzas, como cuando llegaba la hora del Ángelus, también
como cuando llamaba a Misa, o cuando alguna vez, tocó a rebato, o mejor, como
cuantas veces “doblara a muerto”, tañidos que optó por emplear al ver que el
agua le llegaba al pecho y salía y entraba por los ventanucos del campanario.
Yo he visto, en momentos de
bajo cauce del pantano de Buendía, en épocas de sequía, aflorar la torre de
aquella iglesita de Poyos, rematada por su cruz de hierro, cubierta de verdín…
Y no ha faltado quienes me
contaran que, en alguna ocasión, de madrugada, yendo de Sacedón a Buendía, se
han forzados a detenerse atraídos por el tañer de una campana que “doblaba a
muerto”, asegurándome que aquellas campanadas, no les cabía la menor duda,
provenían del fondo del pantano.
JOSE MUÑOZ BLANCO
Madrid, septiembre 2000
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