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Algo sobre mí

Algo sobre mí

Empleado de banca jubilado, amante de la música y la literatura, la naturaleza y las humanidades. Nacido en Guadalajara y conocedor ferviente de la provincia. Actualmente con residencia en Madrid, después de un largo peregrinar por diversas ciudades en razón a mi profesión; que ahora con ilusión trato de vivir esta nueva aventura, pues siempre he creído que la providencia nos ha dado el sueño y la esperanza como compensación a los cuidados de la vida.

21 abril 2026

RECORDANDO A UN BUEN AMIGO


Fue hace cinco años, cuando el cuerpo cansado de vivir, tocó tierra firme, y  su alma alada desprendida se elevò hacia la eternidad de nuestro inolvidable amigo José Muñoz Blanco, y ahora en el quinto aniversario deseo evocar el espíritu al pasado y a la memoria de las cosas que nos deleitó con sus vivencias, y resaltando haber tenido por amigo a una excelente persona, y que por virtud tenía, gozar de fino humor y buen talento literario.

Nos conocimos por razones profesionales en una villa de la provincia de Guadalajara, y así continuamos, no obstante los diversos caminos que recorrimos en nuestra aventura profesional, cada uno por diversos horizontes, pero conectados por la sincera amistad y aprecio mutuo que ambos profesamos durante más de medio siglo, hasta el fatal desenlace.

Pues así como la Divina Providencia nos da la vida, humano es perderla, aunque por injusta la tomemos; que cuesta recordar nuestra caducidad, ya que la naturaleza a nadie nos ha prometido eximirnos de sus derechos inexorables, y en el caso de nuestro amigo, nos fue arrebatado cuando menos lo esperábamos. Pero  no podemos olvidar que en cualquier momento todos caminamos hacia un mismo lugar.

Y en este aniversario, con ferviente ilusión, y no menos nostalgia, en su honor y gloria, quiero recordarle publicando en mi blog uno de sus muchos escritos, donde contaba historias y vivencias acaecidas a lo largo de su vida, que plasmó en diversos tomos, dieciséis en total, en los que  resaltaba su ingenio literario, que con cierta frecuencia vuelvo a repasar. Y como agradecimiento, también, porque siempre me los dedicaba en primicia.

Espero agrade a quienes lo lean y al tiempo recuerden que existió una persona amante de su familia y de sus amigos, que dejo una importante huella en los que le conocimos.

Eugenio

Abril 2026                                ----------------

 

EL PANTANO

Aquel pueblo, Poyos, situado en la comarca de La Alcarria Baja de la provincia de Guadalajara, estaba condenado a desaparecer. Las aguas del Guadiela, engrosada por las del Tajo, invadirían en breve aquellas hondonadas, barrancos más bien, que cortaban las esteparias tierras de aquellas “alcarrias”. Sus días, pues, estaban contados.

Sus moradores, escasamente doce familias, en nuevos asentamientos muy a su pesar, habían asumido el forzado abandono de todo cuanto les había vinculado –tierra, familia, amistad y ello generación tras generación- al pueblo que dejaría de serlo en breve y a todo lo que les aferraba a aquel terruño, enseres, ganado, tierras. Pero no podían olvidarse que, aunque sus casas, de adobe en su mayor parte, y sus propiedades en tierras escasamente productivas y de reducida extensión en su mayoría, era lo que habían tenido y, mal que bien, cuanto había constituido hasta entonces su medio de vida.

Y aunque ciertamente lo lamentaban, era obra necesaria según les habían dicho, y en todo caso, obligados a admitirlo como venido “de arriba”, Así que ¡”chitón”! Y como siempre ocurriera allí y en todas partes –en España siempre ha sido así-, “lo que ustedes manden”.

Fueron días de mucho ajetreo, ocupándose chicos y grandes –más bien solo viejos porque la gente moza se había ido a buscando otros lugares y otros medios- en el traslado de enseres necesarios y menos necesarios, por aquello de que se “les tenía querencia”. ¡Lástima no poder hacer otro tanto con las casas, aquella en las que habían nacido, el abuelo, el padre, el hijo y hasta el último nieto en algún caso! Más ello no era posible y bien que lo sentían.

Pero más doloroso si cabe, el verse obligados a dejar allí, para siempre, sin remedio, los seres queridos que reposaban en aquel diminuto camposanto pegado a la iglesia ¿Cuántas generaciones?, ¿cuatro, cinco? ¡Quién sabe! Como remedio único remedio, llevarse las cruces de su tumba, recuerdos de tantas visitas, al tiempo que, como despedida, arrojaban las últimas flores sobre aquellas lápidas que no volverían a ver.

Estamos en la década de los años cuarenta, y conforme al Plan Hidrográfico en vigor, a los habitantes de Poyos, anejo o  pedanía del pueblo de Buendía. Se les había dado un ultimátum para que en el plazo de diez días, sin más demora, retiren del pueblo, de lo que dejará de ser su pueblo, cuanto pudieran considerar de su interés.

Un destacamento de la Guardia Civil, incluso, se ocupa de que aquello se cumpla a “rajatabla”, órdenes que los lugareños, obedientes ellos, siguen al pie de la letra. ¡No ha habido problemas!

Y cuando el destacamento de la Guardia Civil se retira con la certeza de que allí ya no hay nada que hacer –las casas vacías, sus moradores fuera de peligro y los ganados puestos a buen recaudo- se da vía  libre para que las aguas del Guadiela, junto con las del Tajo comiencen a invadir, a anegar aquellos vados.

Y conforme a lo previsto, las aguas comienzan a precipitarse, llenando, poco a poco, aquellas hondonadas.

Y como hecho consumado, ya nadie piensa, acordarse si, en el pueblo que empieza a dejar de serlo, ¡fuera lamentaciones!

Más, mira por dónde, que no es éste el pensamiento de alguien, que ausente del pueblo durante un poco tiempo por causa que no viene al caso, no ha estado allí cuando se impartieron las instrucciones de desalojo. De las que se llega a enterar cuando se le impide acercarse a Poyos, como era su propósito.

Se trata del huérfano de padre y madre desde muy niño. Que volviera al pueblo a los catorce años, cuando cansado del trato recibido, dejara el Asilo que había sido su casa y busca el amparo de sus paisanos, ayudando en hacer lo que sabe y puede, a unos y a otros, viviendo de la cridad y, sobre todo, del cobijo que le brinda el señor cura de Buendía, que le da como morada la propia iglesia, a cambio de que se ocupe de su conservación y limpieza, quien dirige el rezo del rosario todos los días y quien tiene todo preparado para los domingos, cuando se acerque el sacerdote de turno, todo esté listo para la misa de precepto;  y al que en función de ésta su labor principal, se le conoce como el “Sacristán” y quien por su bondad innata y solicitud constante se ha hecho acreedor al cariño de todos.

Y como agradecido que es, sabe corresponder con largueza a quienes les ayudan y, a los que no les ayudan también.

Tal es el caso del pobre que todos los años, por aquellas fechas, viene cayendo por aquel pueblo. Un menesteroso al que nuestro buen sacristán ha brindado su ayuda y socorro, comenzando por, a espaldas del cura de Buendía, permitirle que encuentre techo en aquella iglesia, habilitándole incluso aposento en el “trascoro” junto al viejo armónium, ya inservible.

Es caridad que se ha permitido por su cuenta, en la certeza de que si llegara a conocimiento del señor cura, no lo desaprobaría ¡seguro! Pero la realidad es que, ni el cura ni nadie del pueblo, conocen las llegadas nocturnas del pobre mendigo.

No le ha facilitado llave alguna, pero el huésped ya sabe por dónde colarse llegado el caso.

Más ahora, de pronto, el sacristán cae en la cuenta. ¿Se habrá enterado su amigo de lo que va a ocurrir con el pueblo?

¿Estará, por desgracia, en esos momentos por aquellos parajes, yendo a pernoctar a la iglesia?

¿Por ventura, lo habrán localizado y avisado?

No quiere preguntar a nadie para no delatarse, pero aquello no puede quedar así. Por mucho peligro que pueda correr, él no puede permitir que aquel pobre vagabundo perezca entre las aguas del nuevo pantano. No está tranquilo.

¿De verdad habrán comprobado que, al igual que han hecho casa por casa, en la iglesia no había nadie?

¿No le habrá sorprendido la llegada del agua y se verá incapaz de salir de allí por sus propios medios?

¡Algo tiene que hacer! Y lo hace.

Es de noche. Aprovechándose de la oscuridad, se echa cerro abajo, camino de Poyos, por senda que se tiene conocida de sobra. ¡Lo ha andado y desandado tantas veces, acompañando al señor cura, sobre todo en los inviernos! No llega a una legua la distancia y en menos de una hora se planta sin que nadie se entere de su ausencia.

El agua, ¡gracias a Dios! aunque ya ha cubierto buena parte de la calle no ha llegado todavía al nivel de  la iglesia. Está al llegar, eso sí, pero por mucha prisa que se dé en anegar todo aquello –piensa él- seguro que tiene tiempo de entrar allí y salir con su protegido. En cualquier caso, ha de intentarlo, sea como sea. No puede consentir que, quizás dormido, tal vez enfermo, se vea sorprendido por las aguas, que ponto cubrirán aquella hondonada y con ella al pueblo y a la iglesia.

Entrará en el templo, subirá al coro, le despertará y, juntos, deprisa, deprisa, tratarán cuanto antes de encontrarse a salvo, fuera de la zona de peligro.

Quizás tenga que ayudarle a bajar, porque, ahora que recuerda, la última vez que le prestó ayuda, aquel hombre no se encontraba bien, “de los remos” según le dijo.

En fin ¡no había que perder más tiempo!

¡Vaya! Con las prisas y con tantas cautelas se ha olvidado de tomar las llaves de la iglesia. Pues es lo mismo. Él sabe por dónde y cómo entrar, al igual que le tenía aleccionado al otro, y apoyándose en los desconchones que tiene la fachada, en un periquete salta por la ventana y cae dentro del recinto. Es de noche, pero la linterna de petaca le ayuda lo suficiente.

Le falta tiempo para echar una rápida ojeada en la planta baja. Allí no está.

Da una voz y otra y otra más; no obtiene respuesta.

En un “santiamén” se coloca en el piso superior, en el pequeño coro. Busca y busca; tampoco; ni detrás del armónium, donde sí ve que se encuentra el jergón de paja que él mismo le facilitó, que cree encontrar un tanto desordenado. Es prueba, se dice para sí, de que ha estado allí y que no debe de andar lejos. Quizás en la torre, tal vez en el campanario.

Es subida que, lógicamente se conoce al dedillo, y la luna le permite cerciorarse de que tampoco se encuentra en aquel lugar.

¡Bueno! Ahora respira profundamente, pues eso es señal de que no ha venido y por lo tanto no corre peligro. ¡Menos mal!

Y es tanta la alegría que siente, que se ve feliz y satisfecho. “Ha corrido un peligro innecesario, pero ha merecido la pena”.

Y así, feliz y contento, comienza a bajar la escalera de la torre y al llegar al coro, vuelve a mirar por si acaso. ¡Nada! Decididamente puede irse tranquilo.

Más cuando llega a la nave de la iglesia siente que el agua ha cubierto el piso en su totalidad. Cae en la cuenta, entonces, de que no lleva con qué abrir la puerta para salir al exterior y sin más remedio ha de alcanzar la ventana por la que momentos antes se dejara caer. Pero se percata de que por dentro no es tan fácil encaramarse, ya que la pared lisa no permite la maniobra de subirse a ella con la misma facilidad que lo hiciera por fuera.

“Cogerá un banco para auparse”. Sí, claro, pero ¿qué banco, si todo el mobiliario se lo han llevado a la iglesia de Buendía?

Y a todo esto, él nota como el agua va subiendo; que lo que antes, al llegar, aquello parecía más bien un charco, ahora cubre todo el suelo por lo menos, con altura de un palmo.

No quiere ponerse nervioso, no perder los nervios –se dice- ¡Alguna solución habrá! Y en busca de ella vuelve a subir al coro.

Tal vez si, pudiera bajar el viejo armónium. No tiene que pesar mucho dado su reducido tamaño y, ¡para lo que ha de servir de aquí en adelante! Pero se equivoca. Aquel “trasto” pesa lo suyo y no hay quien lo mueva; él solo, al menos, no puede moverlo.

Intentará de nuevo auparse en la ventana ¡como sea! Y con tal propósito echa en dirección a la planta baja en la que ¡Santo Dios! El agua alcanza ya una altura de por lo menos medio metro. Ahora sí que, si lo que pretendía era tomar carrerilla y dar un salto, ya no es posible.

A todo esto, el tiempo va pasando y el agua subiendo de nivel. Sin duda, han debido abrir compuertas arriba, por Trillo quizás, Entrepeñas seguro, ¡quién sabe!  Ve que la cosa va en serio.

No puede quedarse en la planta baja y no ve otra solución que volver al coro.

Con la caminata por llegar y las sucesivas subidas y bajas al coro y a la torre, más  los intentos por encaramarse a la ventana para salir, lo cierto es que se encuentra “rendido”. Así que se deja caer sobre el suelo tratando de descansar un poco, en tanto quiere adivinar a qué altura del pequeño retablo y de los altares llegará ya el agua, algo que no puede ver toda vez que se le ha mojado la pila de la linterna y ésta no funciona.

Quiere serenarse y por unos instantes lo consigue, pensando que, por lo menos, su amigo, el pobre mendigo, no ha corrido el peligro que él temiera.

Mas el consuelo que le produce aquella satisfacción dura poco.

¡He calculado mal, muy mal! –se recrimina al comprobar que el agua sigue subiendo de nivel a pasos agigantados- O él lleva allí más tiempo de lo que piensa o el agua va llegando con más fuerza y cantidad; o tal vez Poyos  y su iglesia se encontraban en zona más honda de lo que él pensaba; o todo ello al mismo tiempo, porque el agua está llegando ya a la altura del coro.

Si hasta entonces no tenía conciencia de ello, ahora si se percata de su situación; ¡salvo un milagro del cielo, no tiene escapatoria!

Y pidiendo el milagro, se lanza escaleras arriba con dirección al campanario.

Amanece. Ya no es la luna la que da luz a la noche, pues llega el nuevo día. Y desde los cuatro ventanucos de la torre, observa con espanto cómo las casuchas de aquel pueblo solo se distinguen sus tejados ¡y no todos! Es más, de la iglesia, lo único que queda visible sobre las aguas de aquel lago, es la torre en la que se encuentra. ¡Bueno!, la torre, él y la campana.

¡La campana!

¡Por ahí le vendrá el milagro! Y como un desesperado, comienza a repicar con la misma fuerza. Con el mismo ímpetu con que lo hiciera tantas veces anunciando la hora del Ángelus o llamando a Misa, o avisando de alguna catástrofe, de fuego ¡Más de una vez –pensó- he tocado a rebato! ¿Por qué no ahora?

¡Y tocó! ¡Tocó con toda su alma, al tiempo que no dejaba de rezar, pidiendo un milagro! Mas en aquellos parajes, en aquellas alcarria, cuyas hondonadas y barrancos se iban llenando de gua, poca gente había. ¡Nadie!, que pudiera escuchar aquella campana.

Hubo un momento, sí, en el que dejó de tocar. Allá en lo alto, cuesta arriba, en la vereda que venía de Buendía, quiso divisa a su amigo el mendigo, que entonces y no antes, ignorante de cuanto estaba aconteciendo, se acercaba como todos los años por aquellas fechas a buscar el cobijo que tantas veces él le brindara.

¿Sería que habría oído los toques de la campana? Quiso adivinar, quiso ver, como aquel mendigo -¿de verdad, sería él?- levantando los brazos haciéndole señas y luego vio como intentaba alejarse, corriendo, tropezando, con dirección contraria a la que trajese. ¡Va por ayuda! pensó.

Y cuando dejó de divisarlo, dudando ya de que aquella visión fuera cierta, comenzó de nuevo a repicar con todas sus fuerzas, como cuando llegaba la hora del Ángelus, también como cuando llamaba a Misa, o cuando alguna vez, tocó a rebato, o mejor, como cuantas veces “doblara a muerto”, tañidos que optó por emplear al ver que el agua le llegaba al pecho y salía y entraba por los ventanucos del campanario.

 

Yo he visto, en momentos de bajo cauce del pantano de Buendía, en épocas de sequía, aflorar la torre de aquella iglesita de Poyos, rematada por su cruz de hierro, cubierta de verdín…

Y no ha faltado quienes me contaran que, en alguna ocasión, de madrugada, yendo de Sacedón a Buendía, se han forzados a detenerse atraídos por el tañer de una campana que “doblaba a muerto”, asegurándome que aquellas campanadas, no les cabía la menor duda, provenían del fondo del pantano.                    

JOSE MUÑOZ BLANCO

Madrid, septiembre 2000

                                                                                                                                                      

24 marzo 2026

VISITANDO NUEVOS HORIZONTES POR EL NORTE DE GUADALAJARA


Octavio mira con interés el crepúsculo vespertino que se apaga lentamente en el cielo frío de la comarca alcarreña previa a la llegada de la primavera, que se observa algo conmovedor en los humanos cuando la madre naturaleza despliega de pronto toda su pujanza, dando pasos a días de más luz y sol, despertando de su letargo invernal e invita a los seres vivos a proyectar y renovar la vida con nuevo optimismo e ilusión. Cuando gallardea, se engalana y tiñe de infinitos matices, los humanos se sumergen, irresistiblemente, en el embrujo del compromiso y el amor que despierta la inminente primavera, portadora de optimismo, color, ilusión y esperanza.

¡Hay que ver como la alegría y la felicidad hermosea, como hierve de sentimientos el corazón, como si quisiera que todo se regocijara, que todo riera, y qué contagiosa es la alegría!

Aquella noche se prestaba espléndida: el cielo raso, estrellado, y la luna bañaba la tierra con su pálido fulgor. Todo resultaba tan bello, que la vida le parecía agradable.

Así le decía a su nieto Oscar: -Ya veo en ti, de un tiempo a esta parte, tu febril alegría, desde que conociste a esa bella alcarreña de cabellos de oro, y brillantes ojos como estrellas que destellan el amor radiante en la verde colina de su juventud.

 Mucho gozo sintió cuando su nieto le comunicó la noticia de sus esponsales con aquella linda joven con la que mantenía una relación desde hacía tiempo, y de la que estaba profundamente enamorado. Por razones económicas habían retrasado su dulce sueño matrimonial. La boda estaba proyectada para principios del verano, y aquel joven mozo estaba exultante por poder llevar a cabo su deseada aventura matrimonial, gracias en parte a la ayuda económica de su abuelo.

No obstante, el abuelo Octavio presentía que a partir de esos momentos felices, sus salidas por la provincia se iban a ver menoscabadas, en las que encontraba mucha ilusión y cierta felicidad. Confesando que, desde que se jubiló, su ilusión principal era  disfrutar de las encantadoras poblaciones y de los infinitos paisajes que les brindaba la provincia de Guadalajara, y también las salidas especiales que hacían, visitando los bonitos y extraordinarios monumentos que contiene la capital.

Y le comentaba a su nieto: -Pero ahora lo prioritario es que veas realizados tus sueños, que yo plantearé nuevas aventuras con mis amigos, aunque sean limitadas, y tampoco pierdo la esperanza que en alguna ocasión podamos hacer turismo junto con tu amada alcarreña, a la que también pueda interesar conocer las bellezas que tiene Guadalajara y su provincia.

-Asimismo cultivo la buena y verdadera amistad con mis antiguos amigos, que  se acrecienta aún más en el crepúsculo de la vida de las personas, cuando sus almas son crisoles de los más buenos sentimientos-

-Claro abuelo, que no debes subestimar que yo en cuantas ocasiones pueda estaré dispuesto para seguir haciendo turismo contigo-

-Además Cesar, te confieso, que no se ha de descuidar la vida del cuerpo, que es la vida de las sensaciones y de las emociones. Pues el cuerpo conoce la verdadera alegría al sol y a la nieve; la verdadera felicidad con el embriagador perfume de las plantas del campo; en la contemplación de las flores en primavera; observar la grandiosidad del infinito firmamento,  y la inmensidad de los océanos-

-Y en especial poder reconocer la divina creación de nosotros mismos, como lo más extraordinario que podemos disfrutar de nuestras vidas. También la tristeza, el amor, la ternura, el ardor, la pasión y el dolor verdadero. Todas las emociones pertenecen al cuerpo y el espíritu se limita a reconocerlas-

 Así mismo manifestó a su nieto que le gustaría realizar una salida por la capital para asistir al Teatro-Auditorio Buero Vallejo, donde se iba a representar el próximo fin de semana obras de la familia Strauss, cuyas creaciones líricas, especialmente sus famosos valses, admiraba desde que sintió la atracción de la música.

Tenía intención de invitar también a los padres de Cesar, y por supuesto a su querida chica, obsequiando  a todos con un almuerzo en un distinguido restaurante de la capital, celebrando la feliz noticia de su futuro matrimonio.

Aprovechando aquellos felices momentos que disfrutaron de buena música y excelente almuerzo, también sugirió a su nieto la posibilidad de que el fin de la semana siguiente hicieran nueva salida turística por la comarca norte de la provincia, para conocer la zona del Valle Salado en el partido judicial de Sigüenza, donde existen explotaciones salineras históricas, dignas de ser visitadas, y por supuesto las poblaciones que existen por aquel entorno que gozan de bellos paisajes.

Y así fue, que la semana indicada para aquel nuevo viaje madrugaron el sábado, que les agració con un sol espléndido, limpio el cielo de nubes, partiendo hacia la ciudad de Sigüenza, donde pararon para desayunar en el impresionante castillo, convertido en Parador Nacional, que preside en lo alto de la población. Desde donde se aprecia el bonito espectáculo de aquella ilustre e histórica población, que con razón diría el abuelo que bien merecía otra visita, no obstante ya conocerla en ocasiones anteriores.






Desde la ciudad seguntina partieron hacia su destino, parando a los pocos kilómetros en la villa de Palazuelos, lugar de mucho encanto y larga historia.

Un rato en Palazuelos es pasar momentos en la Castilla de la familia de los Trastárama y los Mendoza que dirigieron los destinos de Castilla del siglo XV.



Palazuelos obsequia al visitante con muchos rincones para ver y admirar. Rodeada en todo su perímetro por murallas, excepto algunos tramos que se encuentran destrozados, y en ellas se abren cuatro puertas. Destacando el castillo junto al pueblo, que fue construido en la segunda mitad del siglo XV, atribuida su construcción a los impulsos de don Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, y de su hijo Pedro Hurtado de Mendoza, ilustres familias de procedencia alcarreña.



También destaca la monumental iglesia dedicada a San Juan Bautista, del siglo XVI.



Después siguieron su camino hacia las tierras de la sal. Por el Valle del Salado que  se encuentra a poca distancia de la  ciudad saguntina, comarca salinera por excelencia, dentro de la amplia zona de la llanura que discurre a lo largo del citado río Salado, que con sus aguas dio pie a la formación en el valle de decenas de explotaciones salineras producto de la desecación de las aguas cuando todo ese territorio se encontraba ocupado por ellas. Un mar que llegaba hasta grandes extensiones en el interior de la península, y que dejó en las entrañas de aquella comarca, con su desecación, lo que habría de ser con el paso de los siglos una de las principales riquezas, no solo del valle también de la provincia de Guadalajara: la sal.

Agrupa su extensión, en torno al valle del río salado, diversas poblaciones de las comarcas de Atienza y Sigüenza,  y de la explotación de la época medieval. También son conocidos numerosos asentamientos prehistóricos encontrados en el entorno del valle, de los que quedaron necrópolis  como la de Cerro Pozo, en Atienza.

También en esta zona se encuentran paisajes sagrados de gran belleza, que se han construido a lo largo de los siglos y hoy tienen el mensaje legendario añadido a su nombre, así como el Santo Alto Rey, la montaña sagrada que media entre Bustares y Albendiego, ya narrado en otra anterior aventura turística, o la cueva de Montesino en Cobeta, y el Barranco de la Hoz, en la comarca de Molina de Aragón, con claros signos de sacralidad.

Destacando también el paisaje sagrado de Santamera, pequeña población que se encuentra entre altos cerros calizos, junto al curso del río Salado; formando parte de ese paisaje que quiere ser reconocido, por su continuada pureza e integridad, y es actualmente candidato a Patrimonio Mundial de la Unesco.



Que goza de grandes alturas, como el cerro Padrastro y la montaña sagrada de la Espiná. Con cavernas talladas y superficies que denotan población activa en siglos prehistóricos, y la constatación de la presencia de eremitas en el cañón del Salado,  y en el cercano barranco del Hocino. Todo ello de singular belleza que enamora al visitante.



Así pues, la primera visita que hicieron nuestros personajes fue por aquella población y su término tan especial, en el que disfrutaron  cuando se siente estar gozando ante el esplendor de lugares que resaltan por su singular belleza.

La pequeña villa de Santamera  tiene escasos vecinos en la actualidad. Está situada en el centro mismo de una soberbia sartén de rocas en ambas orillas del río Salado, y su iglesia parroquial del siglo XVI, situada en un alto, dedicada a Santa María Magdalena. En resumen, Santamera es el culmen de la espectacularidad en el bravo paisaje de sorprendentes desfiladeros.




Después decidieron acercarse a otra población de las inmediaciones situada a unos 15 kilómetros, llamada Imón, donde existe una casa rural y allí almorzar y pernoctar esa noche del sábado.



En esta población de unos 25 habitantes, se encuentran las famosas salinas que en tiempos pasados llegaron a ser las más productivas de España. Se conoce su explotación desde el siglo XII, y fueron declaradas propiedad de la corona por el rey Alfonso VII de León, conocido como el Emperador, entre los años 1126 y 1127.



Desde la Baja Edad Media, se entregaron las salinas como oficio y explotación a familias enteras de este lugar y de otros pueblos de las inmediaciones, y a mediados del siglo XIX este municipio tenía cerca de ochocientos habitantes, con autonomía propia, pero desde 1970 se incorporó como pedanía junto a otros cinco limítrofes al término municipal y partido judicial de Sigüenza.

Goza de unas salinas de agua consideradas de las mejores de la península, con cinco norias en continuo funcionamiento. Las aguas que se extraen, procedentes del río Salado, son depositadas en varios estanques en los que se forma la sal por la evaporación al calor del sol.




Esta villa está situada sobre una ladera en la margen derecha del referido río Salado, y se la conoce principalmente por las explotaciones salineras.  Bajo el señorío de los reyes de Castilla, con el aprovechamiento intensivo de sus afamadas salinas, fue especialmente cuidado y protegido por los sucesivos reyes durante la Edad Media, y más aún durante la Monarquía absoluta, al estar bajo el control real.

Nuestros personajes visitaron aquel original entorno, y el principal monumento de la villa que es la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, que goza de un buen retablo mayor del siglo XVI.

Y al medio día almorzaron en la casa rural, que la población brinda al turista que con cierta frecuencia les visita, dejando cubierta la reserva para pernoctar aquella noche.

Esa tarde decidieron hacer una pequeña ruta por el embalse de El Atance, formado por el cauce del río Alcolea, que bajo sus aguas quedó hundido el pueblo que lleva su nombre, y fue inaugurado en el año 1997 para el riego de las tierras de la comarca. Está situado a unos 15 kilómetros, cercano a la población de Santiuste, que aprovecharon para visitar y especialmente observar los enormes riscos de sus inmediaciones donde anida los buitres leonados.





Tuvieron momentos de mucha calma en aquella pequeña población de 15 vecinos. Pararon ante la fuente pública construida en 1884, todo un capricho de seriedad y elegancia, que los lugareños, con cierto orgullo, presumen de ser de las más bonitas y mejor conservadas de la zona.



A la caída de la tarde, cuando el sol se perdía sobre los altos cerros en el  cercano horizonte, retornaron a la villa de Imón, y después de una ligera cena pasaron a descansar a su habitación, pues se encontraban cansados después del intenso ajetreo que habían vivido en su primera jornada turística.

 En la mañana del domingo se acercaron a otra pequeña villa del valle del río Salado, también pedanía de Sigüenza, llamada Riba de Santiuste, que tiene 15 habitantes, al que le da cierta notoriedad su formidable castillo, del siglo XII, que se extiende sobre la cima de un cerro labrado en rocas.



Cuenta la historia, que este impresionante enclave fue ocupado por gentes iberas, y que los árabes construyeron el castillo como vigilancia sobre el valle. En tiempos futuros tuvo importantes contiendas, hasta que en la guerra de la independencia los franceses lo dejaron desvalijado en el año 1811. También goza de importantes explotaciones salineras procedentes de las aguas del ya citado río Salado que trascurre por su término.

El castillo se trata de una fortaleza árabe de un gran valor histórico, como vestigio de Edad Media feudal, cuyas viejas murallas han sido escenario de importantes acontecimientos históricos. Significando que cuando en el año 1085 se reconquistó la ciudad de Toledo, cayó todo el territorio en poder del rey de León Alfonso VI. El acceso a esa fortaleza se puede realizar a través de un camino escoltado de la muralla, por el franco norte.

De la arquitectura de la villa resalta el conjunto de la Plaza mayor, la Iglesia Parroquial del siglo XVI y el Ayuntamiento, que le da categoría monumental al ámbito urbano. Esta población también goza de tener una distinguida casa rural con vistas a  su famoso castillo, y capacidad para 12 personas.



Después de haber disfrutado una vez más del encanto de aquella zona, y haber conversado con sus sencillas y amables gentes, retornaron a media mañana a la villa de Imón, para recoger las bolsas que habían dejado con lo necesario para pasar la noche, y regresar de vuelta hasta un restaurante camino hacia Palazuelos, donde tenían como referencia, para degustar en el almuerzo una buena ración de cabrito asado típico de la zona.

Después, para evitar alguna somnolencia en carretera, como consecuencia del buen almuerzo, decidieron dar un paseo a lo largo de un camino que se perdía hacia un bosque, donde pararon a descansar sobre unos maderos, repasando la aventura vivida, y en un momento el abuelo Octavio comentó lo siguiente:

-Y ahora Cesar, te quiero comentar que las vivencias que hemos tenido han sido de gran placer, y se puede invitar a los que aman la naturaleza para que intenten hacer un hueco en sus corazones y su tiempo para vivir estas experiencias por la bella  provincia de Guadalajara. En esta ocasión, una vez más, hemos disfrutado respirado a pleno pulmón el aire puro, de las aguas cristalinas, de la inmensidad del firmamento en las noches claras, y la serenidad que se siente en lugares sin ruido alguno y solo abrazados por la inmensidad de la naturaleza en estado virgen-

-Así es abuelo, que nuestros viajes dejan buen recuerdo, por los momentos felices que siempre venimos disfrutando, pues sus vivencias enamoran.

Eugenio

Marzo 2026