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Algo sobre mí

Algo sobre mí

Empleado de banca jubilado, amante de la música y la literatura, la naturaleza y las humanidades. Nacido en Guadalajara y conocedor ferviente de la provincia. Actualmente con residencia en Madrid, después de un largo peregrinar por diversas ciudades en razón a mi profesión; que ahora con ilusión trato de vivir esta nueva aventura, pues siempre he creído que la providencia nos ha dado el sueño y la esperanza como compensación a los cuidados de la vida.

07 marzo 2019

ALOCEN



Se preparaban para regresar a sus hogares en la tarde de aquel primero de año. Toda la familia, trece en total, hacían sus maletas y otros bultos con acentuada rapidez, pues querían ponerse en marcha antes del crepúsculo, pues ya los decadentes rayos solares se iban perdiendo entre los cerros circundantes de la villa, en la que habían disfrutado de cuatro noches hasta celebrar el día de fin de año, motivo principal del viaje.


Desde un excelente mirador de la casa rural que les había acogido, donde estuvo un antiguo molino de aceite, regentado por un agradable y servicial matrimonio, con cierta nostalgia recordaron los felices días vividos, y se aprestaron a disfrutar por última vez de la bonita  panorámica  que ofrecía el pantano de Entrepeñas en un bello atardecer, y con un mayor encanto en aquella zona de originales calas, cercana a la cabecera de la presa, que en los últimos meses  había incrementado su caudal superando pertinaces sequías anteriores. No obstante se continuaba con los discutibles trasvases a la cuenca del río Segura.



Todavía humeaba la barbacoa por el último almuerzo disfrutado como un aderezo más al gozo que habían sentido de su estancia en aquella villa llamada Alocén, situada en la Alcarria Alta, cercana al citado embalse, donde gran parte de los terrenos de su término se encuentran bajo sus aguas.


La villa está situada en una pronunciada pendiente que desciende hasta la ribera de las aguas del pantano, goza de unas vistas extraordinarias dada la belleza del paisaje. Lo conforman infinidad de cerros de carrascales, encinas y plantas aromáticas, y con valles que se pierden en el lejano horizonte. También se atisban las pintorescas villas de Chillarón del Rey y Pareja, cercanas asimismo a las aguas del pantano. Desde aquella destacada atalaya donde se complacían de relajada contemplación, se apreciaban las impresionantes chimeneas de la Central Nuclear de Trillo.


Al fondo más inmediato se divisan diversas urbanizaciones, con sus respectivos pantanales para el atraque de embarcaciones de recreo. Por todo ello, desde sus principios, al conjunto de los embalses de Entrepeñas y Buendía, se les ha llamado el mar de Castilla, por la destacada extensión de sus aguas, que afectan a los términos de las diversas poblaciones limítrofes.
                                                                                                                   
Fue fundada durante la Reconquista de la Alcarria en la segunda mitad del siglo XI, por las huestes de Alvar Fáñez de Minaya, capitán a las órdenes del Cid Campeador, que también conquistó la capital de la provincia, en cuyo escudo de la ciudad está representado el famoso caballero de la Reconquista, durante el reinado del rey Alfonso VIII. Por entonces, siendo una alquería, el citado monarca la cedió al Monasterio de Monsaluz, en la villa de Córcoles, población cercana a Sacedón, siendo  cabecera de la comarca y antiguo partido judicial.

Cuenta con larga historia, extensa de enumerar, por el paso de los siglos, consiguiendo en 1519 el privilegio de villazgo, y en el siglo XX fue clave para su devenir histórico la construcción del  embalse de Entrepeñas, que anegó gran parte de sus tierras cercanas al curso del río Tajo. En la actualidad su economía está basada especialmente por el auge del turismo y de la agricultura.


En la mañana del primer día del año, los componentes más jóvenes y andarines de aquella familia, habían decidido realizar una última excursión, descubriendo nuevos lugares de encanto por los alrededores de Alocén, regresando al tiempo del almuerzo, para así disfrutar también con el ajetreo de la barbacoa, pues desde que llegaron preparaban el almuerzo como un divertimento más de sus vacaciones. Los demás familiares, condicionados por la edad y la comodidad de los sillones, se quedaron para escuchar música.

Recordaban el espectáculo que habían disfrutado en la mañana.  En esa ocasión se deleitaron en ver y escuchar a la orquesta filarmónica de Viena en su clásico concierto de primero de año, con los tradicionales valses y polcas, especialmente los más conocidos, entre ellos: El Danubio Azul y la Marcha Radetzky, de la dinastía de los Strauss, con la belleza del Ballet Nacional de Viena. Maravilloso espectáculo que se viene retransmitiendo al mundo desde el año 1959. En esa ocasión fue dirigido magistralmente  por el director alemán  Cristian Thieleman.

El día de fin de año fue memorable para nuestra familia, en particular y recordado con añoranza por lo entrañable de los momentos vividos en plena armonía familiar.

La cena fue excelente gastronómicamente hablando, gracias a un veterano marinero de altura, de procedencia asturiana y allegado a la familia por el azar de la vida. Surcador de los mares de la tierra, hombre que ha vivido felices y también arriesgadas aventuras de pesca en el bravío mar Cantábrico, y en el jubileo de su vida pescador infatigable, les proporcionó hermosos besugos, pescados personalmente por él.


Junto al resto de los vecinos, habían sido invitados por el laborioso y agradable alcalde de la villa, para participar en la fiesta que había organizado el Ayuntamiento en la Plaza Mayor. Situada frente a la magnífica  iglesia que preside aquel lugar, desde donde también se aprecian unas vistas extraordinarias. Además de la entrañable hermandad de los concentrados, hubo confetis para todos, bebidas y turrones, y por supuesto las uvas que no faltaban para desear las bondades del próximo año. Después traca incluida y mucha música en los salones del Consistorio, que por fuera el relente frío de la noche alcarreña era evidente.


Por la mañana después de apreciar con admiración el amanecer de aquel claro día de intenso azul, sin una sola nube que lo enturbiara, aprovecharon los andarines más atrevidos y mejor dotados para realizar una excursión hacia el Club de Velas, situado a unos cinco kilómetros de Alocén, con suave y pendiente y sucesivas curvas para salvar la quebrada orografía  desde la salida,  por carretera bien trazada y con escasa circulación de coches en aquellas fechas.


Transcurría la ruta por lugares de encanto donde la montaña se muestra de una belleza salvaje, y gozaron al ver corzos corretear huidizos por la presencia humana. Iban bordeando los barrancos por los que se adentraban las aguas del pantano, formando bonitas calas. Se apreciaban las barcas y veleros en sus pantanales y algunos navegando por las serenas y azuladas  aguas, espejo de un cielo espléndido en aquella mañana que gozaba de  sol radiante, pero con baja temperatura propia de aquellas fechas. Regresaron felices por cuanto había disfrutado, pero cansados por el largo caminar, pues la vuelta fue toda cuesta arriba.

Volviendo a conocer un poco más de la historia de aquella ilustre villa, es interesante conocer el importante acontecimiento acaecido con la llegada del ferrocarril, inaugurado el tramo que transcurría desde Sacedón a Alocén en el mes de diciembre de 1921, con una distancia de 10,5 kms. Fue la última estación que se construiría según el proyecto inicial de la Compañía del Ferrocarril de Madrid a Arganda, fundada en el año 1883. En 1901 quebró la empresa promotora y tomó el relevo la Compañía del Ferrocarril del Tajuña, cuyo plan era hacer una línea que uniera Madrid con la del Ferrocarril Central de Aragón. Sería el origen de la vía férrea que llegó a aquella villa. La línea en su integridad llegó a tener 142 kms. en el recorrido desde Madrid, saliendo de la antigua estación del Niño Jesús, situada cercana al Parque del Retiro, por la calle de Menéndez Pelayo de Madrid.

Desde Alocén nunca continuó la línea del ferrocarril. Estaba estudiado que llegase hasta Trillo, Cifuentes y Molina de Aragón, y desde allí que llegara a Monreal del Campo, donde enlazaría con el ferrocarril  central de Aragón.

La importancia que supuso para muchas poblaciones de la provincia de Madrid y de Guadalajara fue un espaldarazo en su desarrollo económico y social y un importante aliciente para aquella pequeña población de Alocén, teniendo en cuenta las precarias comunicaciones que existían entonces por carretera.

En aquella línea de ferrocarril de vía estrecha había dos trenes de servicio que salían de Madrid hasta Alocén y otros dos en sentido contrario. Se caracterizaba por su escasa velocidad y por parar en las muchas estaciones de su recorrido. De ahí aquel dicho “el tren de Arganda que pita más que anda”. Tardaba 12 horas en realizar el referido recorrido de 142 kms.

La línea de ferrocarril se clausuro en el 1943, en el tramo de Sacedón a Alocén, con motivo del inicio de las obras de construcción del embalse de Entrepeñas, al que sucedió la clausura del tramo de Auñón a Sacedón en 1946. A partir de 1953 fue suspendido el tráfico de viajeros en toda la línea, por lo que quedó para el servicio de  mercancías, principalmente de las canteras de la vega del Tajuña, y en especial para la cementera Portland Valderrivas que consiguió la exclusividad del tránsito desde 1964. Finalmente se clausuró la línea en 1997.

Para tantas poblaciones que se habían ilusionado con su ferrocarril, por las mejoras de todo orden que habían conseguido, supuso un duro golpe en su economía.


Como una reliquia del pasado, a la entrada de Alocén está expuesta  la portada de su antigua estación del ferrocarril, salvada de las aguas por la inundación que supuso la construcción de la citada presa de Entrepeñas.



Cercano está la famosa picota o rollo como también se llama, lugar donde se aplicaba la justicia a los reos por severos delitos en tiempos remotos.


En la tarde del tercer día habían decidido celebrar un cumpleaños de uno de los niños, jovencito de trece años, aficionado al deporte pero destacando en el tenis, que estaba exultante y emocionado. Habían engalanado la casa rural de forma tan entusiasta y vistosa, que bien parecía una verbena multicolor. A  todos les entusiasmó la originalidad ideada por las jóvenes féminas, en especial al muchacho homenajeado y al otro menor de la familia, una linda y vivaracha niña de ocho años que provocó a todos mucha delicia. Hubo hasta una escenificación pintoresca con  disfraces y canciones, con mucha gracia y encanto. Resumiendo,  una tarde muy emotiva y llena de ternura en una familia que gozaba de entrañable hermandad.

Por la mañana decidieron realizar una excursión en coche a la bonita villa de Mantiel, situada en las estribaciones de la otra orilla del embalse. Tuvieron que atravesar el moderno puente construido en tiempo de las obras de la presa, en la década de los años 50 del pasado siglo, pues  el antiguo quedó sumergido por sus aguas. Aprovecharon hacer una ruta por nuevos e insólitos lugares hasta llegar a la ribera del pantano disfrutando de nuevos paisajes. Y también avistaron otros grupos de corzos.

En la tarde del segundo día de su estancia en Alocén, decidieron  subir andando hasta el mirador situado por encima de la villa, a una distancia de poco más de un kilómetro, desde donde se admiraba un panorama impresionante, abarcando hasta un lejano horizonte de la comarca de La Alcarria, que lo describía  una placa instalada para mejor comprensión del visitante.




A sus pies se observaba la población de Alocén, medio oculta por la vegetación, como si estuviera colgada en la ladera de la montaña que se extendía hacia las aguas del pantano, allí donde hiciera curvas el río Tajo, entre profundos desfiladeros.

Después de haber pasado un tiempo contemplando aquellas maravillosas vistas, esperaron la llegada de la noche. Querían observar y admirar  desde aquella perfecta atalaya el firmamento y apreciar la grandeza que se nos oculta en las ciudades por la contaminación y sus luces. Desde aquel lugar quedaron extasiados por la  maravilla de la Creación. Acertaron al escoger aquella tarde de radiante luna llena que les serviría de orientación para regresar a casa.

En el primer día no dejaron de visitar la villa, una vez recuperados y descansados del viaje de poco más de cien kilómetros. Instalados en su nuevo hogar con infinidad de maletas y bultos, que parecía iban a afincarse por más tiempo del que en realidad disponían.


Pasearon por sus angostas y estrechas calles, que sinuosa ha crecido en abrazo mutuo con el monte. Observaron que en el trazado urbano hay construcciones dignas de destacar, longevas obras civiles con escudos heráldicos; la hermosa Plaza Mayor, y el Ayuntamiento, edificio porticado y rematado con una pequeña torre. Visitaron la magnífica iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción y su alta torre, que datan del siglo XVII. Goza de un gran retablo barroco policromado. En la actualidad alberga pequeño museo en la Sacristía, con cuadros, orfebrería, ropas litúrgicas y documentos históricos. Era como  un recital de arte sacro.



También conocieron las ermitas de San Juan y de la Soledad.


Los agradables vecinos de la villa les informaron que el patrón de Alocén es el Santísimo Cristo del Amparo, que remonta su celebración a un voto realizado por los vecinos en el año 1670.

En todo caso, la villa de Alocén, está repleta de atractivos encantos, principalmente por las bellísimas vistas desde sus miradores.

Más bien pareciera que con la subida de las aguas del embalse, Alocén  sé recondujo  en una nueva imagen de diferente concepción, especialmente enfocada hacia el turismo, ofreciendo comodidad, limpieza, originalidad y buenos servicios, como corresponde a una población para el descanso y la práctica de los deportes acuáticos en las extensas aguas cercanas.

Es un balcón de Entrepeñas y de su larga historia, que dejará una bonita huella en el recuerdo de sus visitantes, además de ser considerado uno  de los pueblos más bellos de la provincia de Guadalajara, y  también  por su limpieza, instalaciones deportivas dentro de la villa, con piscina pública y pistas para el juego del tenis,  y en especial por el bien hacer de sus ciudadanos.
  
En la tarde noche de la llegada de aquella encantadora familia a la villa de Alocén y una vez ubicados cada cual en su habitación según iban llegando, a la hora de la cena, uno de los mayores, viendo tan felices a aquella extensa familia, para pasar unos días unidos y dichosos por la Alcarria, en un arranque de entusiasmo se le ocurrió con un simil trascender la importancia de la familia en general  y de aquella en particular, manifestando lo siguiente:

“La familia es un plato que emociona. La gente va aprendiendo poco a poco, improvisando y transmitiendo lo que sabe en el día a día. Lo que este veterano cocinero puede decir es que, por poca gracia que tenga, por malo que sea el sabor, la familia es un plato que tienes que probar y comer. Aprovecharla al máximo. La familia es un plato que, cuando se acaba nunca más se repite ¡feliz quien la tiene y sabe disfrutarla, aprovecharla y valorarla! Así que perdónense, tolérense, ámense como si fuera hoy el último día que van a estar juntos, porque cuando falta algún miembro de ella, es cuando nos vemos como familia. Pareciera que el ingrediente que une es el dolor y la ausencia. Más bien pareciera, que la Divina Providencia les protegiera y uniera. Y que siempre se os recuerde como personas de buenos sentimientos”
                                                    
Marzo de 2019
Eugenio





06 enero 2019

HISTORIA DE UNA ALDEA






En un lejano país existía una pequeña aldea circundada por inmensos bosques y un gran lago de agua dulce, pura y cristalina, que más parecía un mar, pues sus orillas se perdían en el lejano horizonte. Sus pobladores vivían humildemente de lo que la naturaleza les proveía en los boques y pequeños huertos donde cultivaban nabos, patatas y principalmente remolacha. También criaban animalillos como gallinas, patos, gansos y conejos, que tenían en cobertizos cerrados para resguardarlos de la inclemencia climatológica, especialmente de los duros inviernos, y de los zorros, lobos y osos que frecuentaban aquellos lugares. Además de la importante alimentación que obtenían del cercano gran lago donde abundaban diversas especies de peces: carpas, percas, lucios, tímalos y el más típico y solicitado  llamado omul, además de otras especies. También se alimentaban de diversos  crustáceos.

La vida de sus pobladores transcurría lentamente en el devenir de los días, pero todos tenían un afán común de subsistir en aquellos agrestes lugares, donde la providencia les había asignado desarrollar sus vidas. Pese a las muchas carencias que tenían apartados de las grandes urbes, sentían el privilegio de vivir entre paisajes tan salvajes como hermosos, de la pureza del aire que respiraban en el fastuoso entorno, con sus bosques, y de las aguas cristalinas que transcurrían por infinitos arroyos que desembocaban en el gran lago. Disfrutaban de la armonía de una naturaleza pura y apartados de la insana contaminación que suele intoxicar a los pobladores de las ciudades. Desde aquellos lugares se apreciaba el magnífico espectáculo del cielo y las fastuosidad del firmamento.

Era un pequeño mundo donde la felicidad se había asentado en el transcurso de los tiempos, conseguida por el bien hacer de sus gentes. Hasta aquel lejano lugar no había llegado el mundanal ruido de los creadores de envidias y rencores, de crispadas  conciencias y enfermizos alborotadores, de corruptos y pendencieros, de los que creen que obran mejor que los demás y son los que deciden poco y mal.

Aquellas simples y humildes gentes disfrutaban de la rica y variada naturaleza que hermoseaba sus campos, montes y grandes bosques, y los valles con sus arroyos y ríos. Con su sapiencia natural comprendían que con malos principios era imposible tener buenos fines, ni puede suceder cosa buena. Descubrieron que al compartir con los demás, bienes y sentimientos, sentían la alegría de ser útiles a sus vecinos, pues entendían que su proceder es de gente bien nacida, y que el buen vecino, como los buenos amigos enriquecían los sentimientos de sus vidas. Se afanaban en cultivar día y noche sus almas consiguiendo una feliz armonía social en su aldea.

En aquel lejano lugar no les abrevió sus vidas la envidia de la fortuna ajena, como ocurría en otras urbes. Eran felices también por su sencillez y humildad, y gozaban en su igualdad. Llegaron a concebir una aldea admirada por otras limítrofes y más lejanas.

No les atormentaba la maldad que engendra en los humanos para vivir un tiempo breve, pues vivían con la intensidad de los que disfrutan  sentir la dicha de ver el amanecer de cada día, libres y gozar del sol que graciosamente les ilumina y calienta, y tenían el sustento necesario  luchando por conseguirlo en cada jornada de su existencia.

Pero como todo lo concerniente a la aventura humana, en ocasiones la Providencia ofrece la parte amarga de la vida, con enfermedades y otras tragedias, y en aquella lejana aldea no estaban exentos de sufrirlas.

Una historia que ha llegado a nuestros días, cuenta que unos recién casados en la capital de la región decidieron pasar sus felices días, después de contraer matrimonio, por tierras desconocidas donde la naturaleza les brindase excepcionales oportunidades, apartados de los problemas que se daban en la gran ciudad que vivían.

Después de muchas horas de camino sobre un pequeño y viejo utilitario, con ciertas dificultades por las malas comunicaciones,  llegaron a la aldea de la que tenían conocimiento como un lugar idílico donde pasar sus felices días de ”luna de miel”.

Pasados los días de sus vacaciones, tan felices se encontraban en aquel pequeño paraíso en el que habían hallado  el afecto y cariño de sus pobladores, que decidieron quedarse a vivir, adquiriendo el compromiso que exigía las duras formas de vida para poder subsistir en un hábitat muy distinto al que habían dejado en la ciudad. Probarían durante un cierto tiempo, según decían, para acomodarse o regresar a su anterior forma de vida.

Pasaron  días y meses, y su alegría se incrementaba por la dicha que sentían de haber acertado escogiendo aquella aldea para vivir. Se atuvieron a la naturaleza de las cosas, que eso es sabiduría, y encontraron una vida feliz, que no se puede alcanzar más que con un alma sana y con perfecta salud. Alquilaron una pequeña casa, construyeron un cobertizo, criaron animales y labraron un pequeño huerto. También construyeron, con la ayuda de sus vecinos, una barca adecuada para surcar el gran lago y dedicarse a la pesca. Se habían convertido en jóvenes aldeanos.

Sentían una vida de inmenso gozo, que es la que disfruta el alma libre, recta e intrépida, sin ningún  miedo ni ambición; pues su único bien era la virtud y el amor por aquellos vecinos de la aldea que eran como sus hermanos; pues vivían contentos con sus bienes sin codiciar otra cosa que sentirse libres de todo mal, y con unas mentes sanas, de juicio recto. Estaban felices con todo lo que tenían, aunque las comodidades estuvieran por debajo de las  que habían tenido en la ciudad.

Llegada la fecha de Navidad, que por aquellos lugares  celebraban con mucho culto y pasión, nuestros dos personajes tuvieron la doble dicha de sentir que la esposa, una joven rubia, esbelta y llena de vitalidad anunciaba que estaba embarazada, por lo que según lo previsto, si no había inconvenientes, serían padres de un bebé para el otoño.

Ahora sentían momentos emocionantes, ilusionados y esperanzados por la nueva vida que esperaban, y estaban dispuestos  a permanecer firmes en el lugar que eligieron como suyo y a defenderlo contra los furores de una fortuna hostil.

Pese a las duras tareas que tenían para superar las diversas etapas de sus vidas, por lo que estaban muy entretenidos, les parecía que el tiempo transcurría con inquietante lentitud soñando con la llegada de la “cigüeña maravillosa” en la que tenían puestas todas sus esperanzas

Para finales de la primavera, ya habían empezado los deshielos y el joven marido tenía ya dispuesta la barca para la pesca en el gran lago. Había atendido los consejos de sus vecinos para que, la primera  en su aventura como pescador, saliera acompañado. Después de una larga jornada tuvieron suerte capturando gran número de peces, los que se repartieron entre los vecinos que no tenían barca para navegar.

Tan ilusionado había estado la primera vez en la pesca, que una vez se les había terminado para el sustento, decidió salir de nuevo, pero en esta ocasión pensó hacerlo en solitario.

Le habían comentado que el pescado típico de la zona llamado omul, era el más exquisito del gran lago, pero que tendría que adentrarse hacia aguas más lejanas, por encontrarse en zonas más profundas. Así lo hizo, y en ningún momento pensó que el viento que iba acrecentando su fuerza, le ocasionara dificultades para dominar la navegación de la barca. La única vela que la impulsaba se hinchaba tanto que parecía reventar y soltarse del palo que la sustentaba. Se había alejado varias millas lago adentro. Las dificultades acuciaron con el viento que seguía arreciando por la proximidad de una tormenta. Intentó virar cambiando de rumbo enfilando hacía la orilla, al tiempo que angustiosamente miraba en todas direcciones buscando la ayuda de algún otro pescador que pudiera prestarle ayuda.

Una ráfaga de viento escoró la barca hacía estribor, y el costado quedó sobre las aguas, desde proa a popa,  lo que hizo perder el equilibrio del desafortunado joven marido y futuro padre, que cayó al agua y poco a poco se fue hundiendo al mismo tiempo que la barca. 

Nadie había visto la tragedia y nunca más se supo de aquel ilusionado joven, que había sido víctima de las incomprensibles desgracias humanas, en esta ocasión fruto de su inexperiencia.

En la aldea vivieron con gran tristeza el infortunio de aquel matrimonio, cuya esposa quedó desolada esperando, sin lograrlo, el regreso de su improvisado pescador, sin perder  la esperanza durante días que en algún momento apareciera vivo o por lo menos encontraran su cuerpo yacente.

Todos  en la aldea ayudaron a la joven esposa y futura madre a superar la tragedia que había alterado sus vidas, y se volcaron para hacer más llevadera su existencia después de la tragedia.

Pero como suele ocurrir en toda aventura humana, que las desgracias no vienen solas. Pasado un tiempo la futura mamá se sintió extrañamente enferma, y todo era de suponer ocurría a consecuencia de los malos momentos vividos.

La enfermedad resultó ser el adelanto de fechas de la cigüeña, con un parto anticipado a su tiempo, cosa que nada agradó a la partera de la aldea, que siempre colaboraba en traer al mundo los niños de aquella aldea.

La asistió con gran voluntad para salvar las dos vidas que tenía como deber, pero solo lo logró con la criatura, que resultó ser una linda niña, de ojos azules, sin defecto alguno visible. Era pequeñita, linda y hermosa que lloraba desconsoladamente, lo que pronosticaba que gozaba de buenos pulmones.

Nuevamente la tragedia azotó a aquella atribulada aldea, y sus pobladores no acertaban a comprender que sus idílicas vidas fueran atormentadas con tan terribles sucesos en tan poco tiempo, y que la naturaleza se hubiera cebado en aquel joven matrimonio, que dejaba una niña al albur de  un futuro plagado de incertidumbres.

Las gentes de la aldea se hacían conjeturas, preguntas y tribulaciones que, estando gobernado el mundo por una Providencia Divina, las personas buenas, que así consideraban a aquellos  desgraciados jóvenes, estuvieran sometidos a terribles males.

La mayoría no entendían que las personas justas y cumplidoras con las doctrinas establecidas en aquella sociedad, que con su bien hacer colaboraba en la felicidad comunitaria, fueran víctimas de tan severo castigo. Aseveraban que a las buenas y virtuosas no les debería pasar nada malo. Pero el más anciano de la aldea que vestía larga barba blanca, con razonada convicción, calmaba los ánimos decaídos, comentando que la felicidad que no ha sido sometida a prueba en el infortunio, no sabe sufrir golpe alguno, por lo que tenían  que comprender y curtirse para no rendirse, haciendo frente a los momentos difíciles. También les dijo que: "La muerte es el último umbral por cuya puerta todos hemos de pasar, pero mientras tanto hemos de hacer el bien cuanto podamos. Y ahora vamos a solucionar el destino de esta encantadora niña que la Providencia  pone en nuestras manos para que siga por la vida recordando a sus progenitores, y propongo que sea hija adoptiva de nuestra aldea”. Todos aceptaron sin objeciones.

Aquel anciano, sugirió encontrar un matrimonio joven, sin hijos o con ellos, que deseen incrementar su familia, para que se haga cargo de aquella pequeñuela huérfana. Un hogar donde no le falte amor y el deseo ferviente de atenderla sin contemplaciones, y que todos los pobladores de aquella aldea, fuesen firmes padrinos, colaborando en todo con la generosa familia que acepte la crianza de la niña hasta su mayoría de edad.

Fueron varias familias que aceptaban la noble decisión de hacerse cargo para el cometido que se había propuesto. Pero comunitariamente decidieron fuese un matrimonio que desde hacía tiempo esperaban con ilusión tener un bebé. Matrimonio trabajador, de buenos principios, formados por la religión imperante en aquel lejano país. Aquella decisión fue aprobada por la autoridad competente en la aldea.

Pasaron los años y aquella niña iba creciendo y cultivando una formación acertada de sus padres adoptivos, de los que recibía infinito cariño, y la del único colegio que impartía cultura a los pocos niños que había en la aldea. Sus ingeniosas  travesuras, y el cariño que exteriorizaba en todo momento  hacían felices a los aldeanos, que la querían como  su propia hija, y la atendían de  singulares cuidados.

Un día aparecieron en la aldea un grupo de hombres, mujeres y niños sobre carromatos dispuestos a alegrar a los aldeanos montando un pequeño circo en la plaza de la aldea, con un toldo para resguardarse del frío. Habían anunciado una función en la tarde pagando una pequeña cantidad para que todo el mundo pudiera asistir.

La asistencia fue espectacular, pues eran pocas las ocasiones que aquellas gentes podían disfrutar de un espectáculo, y aunque tuviera humildes perspectivas, todos sentían la inevitable curiosidad de conocer algo nuevo. Allí acudió aquella niña, que recientemente había cumplido cinco años, junto con sus padres adoptivos.

Aparte de curiosas piruetas que realizaban niños y mayores sobre un trapecio; también había payasos que imitaban escenas variopintas y estrambóticas; ejercicios de acróbatas que realizaban equilibrios sobre taburetes saltando de unos a otros y realizando singulares peripecias.

El número principal  lo dedicaron a formar un pequeños conjunto musical, compuestos por un violín, viola, acordeón y una flauta. Empezaron amenizando con danzas húngaras, pues se adivinaba su intención de hacer honor a su procedencia, y en los  últimos momentos de su actuación se dispusieron a tocar el Vals de las flores, y la Danza de los ratones, de la obra Cascanueces de Tchaikovsky. Aquellos aldeanos aplaudieron efusivamente, pues gozaban de un significado conocimiento musical,  muy enraizado en su país,  pues los aparatos de radio que no faltaban en cada casa, les acercaban a la civilización no obstante la lejanía en que se encontraban.

Nuestra niña quedó embobada al oír tocar a la joven violinista, y desde aquel día no cesaba en su empeño para que le compraran un violín.

Sus padres tenían escasos medios para complacer a la niña, pero fue tal su deseo de tener un violín y aprender a tocarlo, que se convocó al consejo de padrinos para que les ayudaran. Así fue y pronto decidieron realizar viaje a la capital para hacerse con un violín y ver la posibilidad de que le enseñaran la complicada tarea de tocar tan importante instrumento musical.

Primero tenían que comprobar las aptitudes de la niña para ese noble fin. Hicieron una colecta para que entrara en un pequeño conservatorio como pupila durante un cierto tiempo, para que pudieran observar su virtudes en  maravilloso mundo de la música.

Pasados unos meses en la aldea recibieron  con mucho alborozo que la niña era una gran virtuosa del violín, con mucho talento para continuar su vocación por la música, gracias a la Providencia de haber podido asistir a las interpretaciones de aquellos singulares circenses.

Después de haber padecido sinsabores por el duro esfuerzo en conseguir sus deseos, y sufrir con valentía situarse en un primer plano por los senderos de la música, llegó a comprender lo que puede la paciencia y las ventajas que reportaba el duro trabajo, sobrellevando todas las adversidades con fortaleza, evitando que el miedo se apoderase de su ánimo que era llegar a la cima de su profesión, en honor a las gentes de su aldea natal que habían puesto todas sus ilusiones en ella.

No obstante estaba contenta y fuerte en toda contingencia, pues como persona virtuosa se había entregado a su destino musical.

Todo ello le hizo  gozar de mucha popularidad en los grandes foros musicales, siendo solicitada su intervención en prestigiosas orquestas representando diversidad de obras en los más importantes escenarios de teatros y auditorios musicales del mundo, muy principalmente en el teatro Bolshói de Moscú, escenario por el que sentía especial predilección.

Ya en edad adulta, y consagrada violinista, visitaba con  frecuencia  la aldea que la vio nacer y de la que tanto cariño recibió. Hizo muchas donaciones para mejorar la situación de sus queridos aldeanos, y en todo momento sentían el gozo de oírla por radio cuando les anunciaba que iba a intervenir en algún concierto dentro y fuera de su país, enviándoles entradas para los que quisieran acudir al teatro de la capital de la región. Y todos los años de su vida profesional, en la fecha de su nacimiento, ofreció generosamente, como solista, su intervención en la sede social de la aldea.

P.D. De entre las delicias de la vida, solo al amor le cede la música la plaza, más el amor también es armonía…  Alexander Pushkin

Eugenio

Enero 2019