Disfruto del espectáculo
de la naturaleza, y cada vez observo con mayor desdén las cosas humanas,
manejadas, por no decir manipuladas, por los que dicen actuar siempre por el
bien de su país.
¿Por qué me voy afligir,
yo, sencillo ciudadano, al que solo le demandan cada cuatro años participar en
emitir un voto, que es motivo de descarada disfunción sobre mi verdadera
intención, ya que cada cual de los personajes que intentan gobernar lo interpretan
a su libre albedrío?
Resulta difícil comprender
lo que algunos han conseguido por simple y estúpido azar. Mas entre el éxito y
el fracaso suele haber escaso trecho, y así, quienes lograron lo que nunca
imaginaron pronto descubren que la suerte o el destino pueden volverse
esquivos; reflejándose hasta donde la gente por su aprecio o desprecio les
quiere ver, como un ejército derrotado que combate mientras se deshace poco a
poco hasta comprender que todo fue, en realidad, un espejismo.
Salieron a escena con
mucho énfasis, camelando a unos y a otros con su cargada retórica, la palabra
fácil, el engaño; reiteradas ensoñaciones que a los humanos gusta escuchar, en
especial cuando se trata de atacar a las clases privilegiadas, las castas, con
las que al tiempo quieren emular por su personal bienestar. Su mundo está
despareciendo como ha ocurrido con aquel muro que cayó en el siglo pasado por
arcaico y trasnochado, que solo unos pocos pueblos se resisten a caer.
Se podía considerar
bienaventurados aquellos que gozan de buenos sentimientos para la gobernanza de
los ciudadanos; y llorar por ellos y sus sacrificios. Pero llorar por quien no
es nada, es necedad.
Y nada es quien solo mira
por sus propios intereses o los del partido que le sustenta; y no por el bien
común, que así se suele interpretar por los que generalmente acudimos a la
llamada de las urnas, ingenuamente pensando en el bien hacer de los que
esperamos nos representen, pues los intereses espurios se encargan de
desvirtuar las buenas intenciones de los votantes.
La buena situación de que
disfrutan, es lo que les priva y encanta con atractivo deleite: dinero,
prestigio y poder. Muchos han sido y aún lo son, a los que mira la ciega
codicia del género humano. Han sucumbido a la felona tentación, desertando de
sus principios. Y sus ilícitas acciones motivan mucho descrédito en la tarea de
algunos políticos y de sus partidos.
Por todo ello, creo que es de urgente necesidad combatir por todos los medios la desgraciada corrupción. Y que los culpables cumplan de
verdad el castigo de sus delitos.
Mientras tanto, causa
tristeza y escaso consuelo contemplar los delitos que con demasiada frecuencia
se producen, y los lentos procesos para hacer justicia de tanta maldad y pillería;
y por el daño que han causado a los políticos en general, decreciendo la
credibilidad que de ellos tienen los ciudadanos.
Se dice que las grandes
lecciones de heroísmo solo se encuentran en la fortuna adversa. Los personajes
que aspiran a la gobernación de este sufrido País, llevados por sus peculiares
formas de ser –personalismo desmesurado, sobrados de mucha altivez y singular
odio mutuo-, con menoscabo de los verdaderos intereses por los que realmente
los ciudadanos esperamos. Han olvidado que somos los gobernados quienes pagan
sus magros emolumentos y otras singularidades, por lo que deberían tener más
consideración, y menos aprecio por su desmedido
afán de mantenerse en sus posiciones de poder. Así pues, sus lecciones
de heroísmo podían practicarlas en otros campos de la vida.
Y como un dechado de
fidelidad, los corifeos y seguidores; bien adiestrados y sin fisuras aceptan las
directrices emanadas por el “alto mando”, aunque discrepen en lo personal, que
de todo habrá. Pero en ello va el mantenimiento del cargo, que es lo que
importa. Quienes por una veneración obsequiosa a sus amos políticos, consumen su vida en una esclavitud voluntaria. Así es la democracia de los partidos, neutralizando la voluntad del
individuo. Distinto sería si las votaciones fueran secretas ¡oh no!
Generalmente se afirma,
que suelen ser grandes los hombres y mujeres en su acción por el bien común,
pero ¿cómo lo podemos saber si las circunstancias políticas establecidas no les
brindan la ocasión de mostrar sus virtudes, al estar alejados de los ciudadanos
a los que en teoría representan?
Como en unos juegos olímpicos,
sus jefes de fila se lanzan a la competición, pero no consiguen la victoria.
Ninguno renuncia a su particular medalla, y algunos sin experiencia, necesaria
para el conocimiento propio; pero todos buscan la ocasión para que brille su
virtud, que en algunos se ha extinguido en la oscuridad.
Les cuesta reconocer sus
fracasos y apartarse dejando paso a otros en el juego político -que nadie es
imprescindible para cualquier acción en la vida-. Pues hay otros mundos donde
proyectar las capacidades humanas. Que, si en esta faceta se fracasa, en otras puede descubrirse una eminente persona.
Ante negros augurios, unos
y otros siguen enzarzados en disputas sibilinas, como en el cuento, entre si
son galgos o podencos, no atisban los nubarrones que amenazan a los ciudadanos,
cuando éstos les sugieren angustiados que se pongan las “pilas” para capear el
temporal, que se avecina como galerna peligrosa que puede llevar a la deriva
esta gran nave llamada España.
Que lo importante es saber
hasta dónde alcanzan las fuerzas de cada uno y el verdadero conocimiento de la
sabiduría. En muchas situaciones de la vida, la verdad y la sencillez
forman la mejor pareja. Por eso no es extraño que las grandes personas
sean sencillas, sin ampulosidades ni artificios. Pues bien dice el refranero: “más
vale sencillez y decoro, que mucho oro”.
Y el Jefe del Estado, ¿no
debería estar facultado por la Constitución para ser más activo, por el bien
del País, en situaciones como la que estamos viviendo, cuando los políticos no
son capaces de resolver?
¡Lástima el tiempo
perdido, del que se presta a la aventura y el de los que asistimos al lamentable
espectáculo, con mucho desafecto, tedio y desdén, y con un gran cabreo! Pues
hoy los ciudadanos atravesamos momentos difíciles, y vivimos desasosegados e
inquietos por las incertidumbres que nos rodean, y por los males que nos
acechan.
P.D. El que cierra la
puerta a los deseos de la codicia, más fácil le será conseguir la felicidad y
dicha en su vida, que no hay más alta virtud que la honestidad y la prudencia.
León Tolstoi
Eugenio
Madrid, Julio 2026